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Profanaciones y santa ira

Quizá sean “asco” e “indignación” los vocablos que mejor compendian la inquietante sensación en que se me zambulle el alma en este instante, justo ahora, cuando sostengo la pluma entre mis dedos ya crispados y comienzo a perpetrar este artículo; una sensación que se me antoja como gusanos regordetes y pegajosos, como llenos de pus y de malas intenciones, que me recorren por entero y me dejan la piel erizada, zaherida y embadurnada de mucílago. Pues cuando leo sobre la profanación que ha cometido ese inconsciente botarate que se tiene por artista; ese mamarracho que ha empleado Hostias para vomitar una mierda de las que ahora, en este mundo enfermo y enloquecido, se tienen por arte, me veo como animado por la santa ira e impelido a sajar las orejas de los impíos, como antaño hizo san Pedro con aquel miserable de Malco. Pero intento comedirme, no obstante; no dejarme arrastrar por el enfado ni por el repeluzno y así no volcar sobre el papel todo el vitriolo que me brota de las meninges.

No enfadarme, por ejemplo, con los políticos navarros que rechazaron condenar la exposición; con esos miserables cainitas que, sin duda emborrachados hasta el tuétano de un humanismo envilecedor y descacharrado de moral, aseguraron que la libertad de expresión —ese tan democrático embeleco que no oculta más que insultos y sectarismo— ha de privilegiarse por sobre todo, anteponerse a cualquier otro derecho y ser elevada a ese altarcito ateo que levantan día a día, mampuesto a mampuesto, sobre los pretendidos escombros del Cristianismo —sobre el que querrán sacrificarnos, sin duda, una vez que la cultura cristiana haya fenecido—. Intento no enfadarme, además, con los medios de comunicación de la Conferencia episcopal española, que, en lugar de execrar los hechos y exigir toda suerte de reparaciones, han preferido silenciar el tema en sus informativos y anegarnos el entendimiento con la enorme gavilla de salutaciones encomiásticas con que acostumbran a ponerse de hinojos ante el PP, para que los más altos prebostes de este partido nos ofusquen con su abyecta política de ojetes y de vacuas tolerancias. Como intento no enfadarme, incluso, con el propio Abel Azcona, pues tal vez no tenga más remedio que yacer en las aberraciones, ya que el alma ha debido quedársele hueca o como endurecida; tal vez el demonio se la recorra por entero y haya acampado en ella, en sus entrañas, llenándoselas de basura y de dolor; tal vez su vida sea ese báratro horrífico que me imagino, donde sólo se aposentan las ideas más inicuas; o, tal vez —y perdonen la tautología—, un odio irracional y enfermizo se le haya enviscado hasta en sus más íntimas entretelas, cubriéndoselas de excrementos.

Todo esto, digo, intento embridarlo, acallarlo, dejarlo en sordina y, así, mantenerme como limpio, alejado de ese vitriolo que me nace de las tripas y del pecado que brota de él. Pero lo que en verdad me horroriza es la respuesta que ha dado buena parte de esta sociedad enferma, eviscerada de bondad, donde un laicismo feroz y esquizofrénico pretende ciscarse en lo más sacro y defecar en los cristianos, mientras a éstos, a un tiempo, se les exige la quietud y la paciencia. Pues, ¿A santo de qué hemos de aguantar nosotros, los cristianos, cuantas tropelías e insultos nos endilgan los comecuras? ¿Por qué hemos de soportar la inacción de quienes dicen protegernos mientras se arroja por el suelo a Cristo Sacramentado? ¿Por qué las administraciones públicas se mofan de los católicos y nos niegan la justicia que nos asiste? Y es que lo que ha venido a evidenciar este suceso es el repugnante légamo en que yacemos, oprimidos por una democracia que se nos ha vuelto sectaria y esquizofrénica, donde las libertades se revelan bizcas y los derechos de aquellos que no se pliegan a los dictados del sistema son amputados de cuajo, hasta que caigan en la defección y acepten ser eviscerados de bondad.

Pero muchos, a pesar de todo, no se rendirán. Muchos, sin duda, defenderán su fe y los principios innegociables que ella nos enseña; gritarán la verdad a los cuatro vientos y la asperjarán por doquier, intentando rescatar a quienes se mantienen en las tinieblas, y no se arredrarán ante los denuestos y los ataques. Muchos llevarán su cruz con arrojo y esperanza, con el corazón henchido de gozo, burbujeante de alegría, aunque los goznes de su cuerpo se les malbaraten por el esfuerzo; y ante ese dolor horrífico que les quiebre esbozarán una sonrisa como oceánica, mirando al cielo. Y muchos, al fin, elevarán sus voces cuando lo cristiano sea vilipendiado, gruesas y atronadoras, hasta que las piedras ocupen su lugar. Quizás, incluso —sólo quizás—, ofrezcan una pequeña muestra de aquella santa ira que nuestro señor Jesucristo nos regaló, como una más de Sus enseñanzas.

 

 

 

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