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Los invencibles            Desde tiempos ya ancianos, a los españoles se nos ha endilgado una visión negro-legendaria de nuestra propia Historia que ha terminado por dejarnos medio hebenes, sin sustancia que nos nutra, desarraigados de un origen en el que reconocernos y hasta mudos y medrosos, como chiquilines asustados; una colectánea de mentiras, en rigor —o de verdades demediadas, a las que siempre se amputa el pedazo más benéfico y nutriente—, que se ha extendido por el orbe todo con vocación de pandemia glotona, y cuyo único fin, digámoslo de una vez, es el de arrebatarnos la gloria que en justicia nos corresponde, embadurnar a nuestras más insignes figuras con el légamo guarro de la barbarie y el oscurantismo, y deturpar la Cruz que siempre nos condujo. Se nos dijo, así, desde esos tiempos ya ancianos, para inocularnos ese abyecto virus, que aquellos indios que chapoteaban dulcemente en el Caribe venían a ser como rientes querubines regordetes; se nos dijo, también, que los monstruos españoles arrasaron a los indios, que les sajaron las broncíneas pieles y les comieron hasta los higadillos, ávidos de sangre y de riquezas; e, incluso, que, por una atávica maldad que siempre nos preñó, los españoles exterminamos a aquellas gentes sin atisbo alguno de piedad, perpetrando el mayor genocidio de la historia. Con todo ello, esos enemigos de lo hispano consiguieron que rechazáramos nuestro pasado, que nos desligásemos de aquellas gestas heroicas y mirásemos a nuestros compatriotas como de reojo, pues ya entre nosotros se había establecido cierta acritud y un acerbo desdén. Sin embargo, a pesar de que esas mentiras me escarian el alma y me emberrinchan, lo que en verdad me encabrona es esa defección del español de chichinabo, esa absurda sumisión, en suma, que ha llevado a muchos españoles a pensar que nuestros más insignes héroes fueron unos criminales.

Algunos de esos españoles, supongo que para no ser preteridos de esta sociedad tan chachi y “cul” que nos hemos dado —o porque son tontos del “cul”—, se han envainado la mentira sin apenas protestar, como el bardaje que desea complacer a quien le da por retambufa; otros, más entontecidos y anublados, lo han hecho por mera ignorancia, pues en esta España de regiones levantiscas y pedigüeñas la común Historia que nos revela hermanos es siempre arrojada al más oscuro camaranchón, donde se abandonan los trastos inservibles y aquellos que han quedado anticuados, para que ya no pueda alumbrarnos con su benéfica lumbre. Y por último hay quienes, vocingleros y ensoberbecidos, se empeñan en propalar las mentiras del enemigo con el entusiasmo del converso o el inicuo servilismo del afrancesado liberal, pues lo que les place es echarse en brazos de esa “Uropa” protestante y globalista a la que el muy católico imperio español siempre puso de uñas —y de rodillas, dicho sea de paso, de tantos palos que les dimos.

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