Los invencibles de América

Publicado: 28 junio, 2017 en Uncategorized
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Los invencibles            Desde tiempos ya ancianos, a los españoles se nos ha endilgado una visión negro-legendaria de nuestra propia Historia que ha terminado por dejarnos medio hebenes, sin sustancia que nos nutra, desarraigados de un origen en el que reconocernos y hasta mudos y medrosos, como chiquilines asustados; una colectánea de mentiras, en rigor —o de verdades demediadas, a las que siempre se amputa el pedazo más benéfico y nutriente—, que se ha extendido por el orbe todo con vocación de pandemia glotona, y cuyo único fin, digámoslo de una vez, es el de arrebatarnos la gloria que en justicia nos corresponde, embadurnar a nuestras más insignes figuras con el légamo guarro de la barbarie y el oscurantismo, y deturpar la Cruz que siempre nos condujo. Se nos dijo, así, desde esos tiempos ya ancianos, para inocularnos ese abyecto virus, que aquellos indios que chapoteaban dulcemente en el Caribe venían a ser como rientes querubines regordetes; se nos dijo, también, que los monstruos españoles arrasaron a los indios, que les sajaron las broncíneas pieles y les comieron hasta los higadillos, ávidos de sangre y de riquezas; e, incluso, que, por una atávica maldad que siempre nos preñó, los españoles exterminamos a aquellas gentes sin atisbo alguno de piedad, perpetrando el mayor genocidio de la historia. Con todo ello, esos enemigos de lo hispano consiguieron que rechazáramos nuestro pasado, que nos desligásemos de aquellas gestas heroicas y mirásemos a nuestros compatriotas como de reojo, pues ya entre nosotros se había establecido cierta acritud y un acerbo desdén. Sin embargo, a pesar de que esas mentiras me escarian el alma y me emberrinchan, lo que en verdad me encabrona es esa defección del español de chichinabo, esa absurda sumisión, en suma, que ha llevado a muchos españoles a pensar que nuestros más insignes héroes fueron unos criminales.

Algunos de esos españoles, supongo que para no ser preteridos de esta sociedad tan chachi y “cul” que nos hemos dado —o porque son tontos del “cul”—, se han envainado la mentira sin apenas protestar, como el bardaje que desea complacer a quien le da por retambufa; otros, más entontecidos y anublados, lo han hecho por mera ignorancia, pues en esta España de regiones levantiscas y pedigüeñas la común Historia que nos revela hermanos es siempre arrojada al más oscuro camaranchón, donde se abandonan los trastos inservibles y aquellos que han quedado anticuados, para que ya no pueda alumbrarnos con su benéfica lumbre. Y por último hay quienes, vocingleros y ensoberbecidos, se empeñan en propalar las mentiras del enemigo con el entusiasmo del converso o el inicuo servilismo del afrancesado liberal, pues lo que les place es echarse en brazos de esa “Uropa” protestante y globalista a la que el muy católico imperio español siempre puso de uñas —y de rodillas, dicho sea de paso, de tantos palos que les dimos.

Por fortuna, sin embargo, porque el nuestro es un país guerrero y corajudo y aún los dicterios de la progresía no han conseguido convertirnos en un gurruño incognoscible, de vez en cuando surgen voces que nos liberan de ese légamo con que se nos ha intentado cubrir; voces que, honestas y tonantes, se ciscan en el enemigo, nos revelan sus engaños y nos cuentan lo que en verdad sucedió.

Tal es el caso de Jesús A. Rojo Pinilla, que, con un bellísimo libro titulado “Los invencibles de América”, nos relata las peripecias de aquellos hombres que protagonizaron la magnífica gesta del descubrimiento, conquista y evangelización de América, con el que ayuda a devolvernos buena parte de ese orgullo patrio que unos cuantos miserables intentaron desahuciar. Nos descubre, así, el esfuerzo casi sobrehumano que aquellos héroes tuvieron que arrostrar por llevar las benefactoras luces de la Cruz a aquellas tierras salvajes; los graves riesgos que afrontaron, con despego de su vida; las horribles muertes de que fueron objeto en ocasiones o las criminales tradiciones que tenían algunos de aquellos pueblos a los que la progresía falaz y traidora pinta de pacíficos y bonancibles, como si el día lo pasaran empachándose con mangos y con piñas. Y nos descubre así, a la postre —y discúlpeseme la tautología—, con esa glosa hermosísima que su prosa clara nos regala, esa panoplia perversa de mentiras que enemigos de todo jaez han vomitado sin recato. Pues no es sino esto lo que Pinilla hace con verdadero tino: develar el manto oscurantista y acercar hasta nosotros la Historia vera; esa Historia que nos muestra como la más grande nación que los tiempos alumbraron, más que una Roma rediviva o una Persia que hubiera llegado hasta hoy; una nación, sin duda, que se anticipó a las demás y extendió sus manos redentoras por sobre el orbe todo, llevando hasta los más lejanos confines el salvífico abrazo de la Cruz; una nación, en suma, que sobrepujó en valor a las demás, pues su alma estaba henchida por una divina misión; una nación, sí, ¡diantres!, de la que sentirse orgullosos, pues nunca fuimos bardajes a los que dar por retambufa ni chiquilines a los que se pudiera arrebatar el bocata.

 

Para adquirir el libro, puede pulsar en el enlace que se adjunta, donde podrá disfrutar, además, de un muy buen vídeo de presentación del libro.

http://www.elgrancapitanediciones.com/los-invencibles-de-america/

 

 

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