Un amanecer más

Publicado: 25 mayo, 2016 en Uncategorized

Los amaneceres despertaban siempre resabiados y sin novedad, empachados de una lenta monotonía lenta que semejaba despanzurrarse por sobre todo y enterrarlo en su hartazgo. Ese día, como tantos otros, en su veraniego albor se aposentarían amenazas de canícula, naranjas revoltosos y unos rojos que se hacían casi incandescentes; el aire acogería en su regazo esas brumas matinales que le dan un aspecto un tanto trémulo, como enfermo de dipsomanía; y una suerte de lumbre en ciernes afloraría tras el horizonte para posarse sobre la ciudad, en ese instante adormecida o todavía acogotada por la resaca.
Al levantarse de la cama, las sábanas quedarían como un nido espachurrado o hecho añicos por el viento, amnésicas de aquel calor que antaño les atemperara el algodón. La televisión del dormitorio continuaría vomitando sangre, crueldad y enfermedades del alma; y su luz, para entonces un tanto periclitada, daría a la habitación un aspecto como de tanatorio o de catafalco.
Como el resto de los días, nada habría ya que hacer ni que esperar; pues, desde que ella se fuera y lo dejara solo, los días se le pasaban con una lentitud casi reptante, sepultados bajo una rutina que se le hacía losa y hasta baldón, o refugiados en las remembranzas de un pasado que se le antojaba remotísimo. Los silencios lamerían todo nuevamente, pero por entre algún recoveco de la vivienda aún se le aparecerían ciertas sombras que semejaban llamarlo a voz en grito, tal vez para escarnecerlo por aquella dolorosa oquedad que le estomagaba las entrañas.
Más tarde, tras un aseo breve y un tanto esmirriado —o nostálgico de las suciedades que se le iban avecindando entre las arrugas—, aquel hombre desayunaría apenas un bizcocho y un café; pero, antes de engullirlo, el café se le pondría frío y el bizcocho se le desmigajaría entre los dedos indecisos, ya viejos o envaguecidos por la monotonía y por la artrosis. Al saborear los escombros del desayuno, una mueca de aburrimiento se le estatuaría en los labios y se los dejaría desmayados o moribundos, inservibles para la sonrisa, para los besos y para la charla, como un visaje de cartón. Luego, cuando ya el calor le hubiese desgalichado el pelo y dejado la coronilla como el plumaje de un morrión, cuando la camisa ya mostrase los estragos de un sudor enfurecido y se le pegase al cuerpo, saldría a pasear un rato por entre las callejas del mercado, donde las gentes parecían haberse fosilizado, o por las calles aledañas a la plazuela, donde aún persistía cierto sabor a tradición y los recuerdos comenzaban a desperezarse. Y allí, entre harto y fatigado, pegaría el culo a algún banco astroso y cojitranco y contemplaría cómo las palomas, también astrosas y cojitrancas, paseaban sus mutilaciones en un ardid petitorio que casi siempre resultaba hebén. Les arrojaría entonces las migajas de aquel bizcocho huidizo y aguardaría un rato, hasta la una o hasta las dos, o hasta que el hambre se le refugiara entre las tripas y se las escariase con las uñas.
Regresaría luego al apartamento para comer alguna cosa, saldría de nuevo a pasear y de vuelta otra vez a casa —que aún tendría aspecto de tanatorio o de catafalco—, para meterse en el coleto los restos de una comida que tal vez hubiese criado ya una costra de abandono o como de soledad.
Por la noche el ritmo enlentecido del ventilador le susurraría escenas ya pretéritas, de un pasado que se le antojaba remotísimo, hasta que el sueño se le echara encima y lo aplastara con los cascotes de unos recuerdos ya difusos. Pero tal vez el sueño, pensaba siempre, le trajese nuevas ilusiones y alguna novedad; tal vez, incluso, el amanecer siguiente abandonaría aquellos resabios con que le amortajaba la existencia; y quizás, quien sabe, tras zamparse los escombros del desayuno, hallaría a alguien en aquel banco astroso y cojitranco desde el que observaba a las palomas mutiladas; alguien, sí, dispuesto a llenar de nuevo aquella dolorosa oquedad que le estomagaba las entrañas.

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