De inocuidades e iniquidades

Publicado: 17 junio, 2014 en Uncategorized

 En ocasiones, ciertas barahúndas como de corral gallináceo ocultan, tras un abstruso velo de aspavientos y cacareos, hechos o propuestas que bien merecerían un detenimiento para su atinada elucidación. En este caso, lo que ha pasado un tanto de matute tras el abstruso velo de calamitosas declaraciones que ha tendido la abdicación del monarca, ha sido la vergonzante petición de los inspectores de hacienda, en la que solicitan a nuestros prebostes la inmediata legalización de las drogas blandas y de la prostitución.
Aseguran nuestros probos inspectores, tan preocupados ellos por el cochambroso devenir que nos auguran, que una medida tal lograría una como ubérrima fuente de ingresos para las horras y maltrechas arcas estatales, y lograría, además, reducir ese afán jardinero de nuestro gobierno, tan dado a las podas y a los trasmochos. Se enconan en aclarar, asimismo, que con ello advendría una suerte de arcadia feliz donde prostitutas y camellos deambularían, urgidos y conturbados, por entre el prolijo bosque que siembra la administración, dispuestos a abonar los tan gravosos impuestos con que este estado nuestro, tan voraz como atomizado, nos escamotea el alma y el mendrugo. Y así, tras pagar el óbolo y emerger de entre lo profundo, prostitutas y camellos podrían disfrutar de una cada vez más postrera, incierta y esmirriada jubilación, contribuirían a esta pamema ya develada del estado del bienestar y permitirían, con sus ingresos encochinados, el sostenimiento del despiporre político.
Olvidan, sin embargo, nuestros probos inspectores, lo que Hanna Arendt dio en llamar “banalidad del mal” en su libro Eichmann en Jerusalén, y que no es sino la apoteosis de la obcecación y del más rendido vasallaje, encarnada en esa burocracia lacayuna que se empeña en cumplir las órdenes de sus jefecillos y obvia, quizá por hipócrita higiene mental, las nefandas consecuencias que provienen de ellas. Soslayan, así, las siniestras tenebrosidades que se retrepan tras las acechanzas del maligno y se ciscan en ese tan lógico aserto que asegura, con la atinada lucidez que atesora y demuestra siempre la más inveterada tradición, que lo nocivo no ha de ser jamás auspiciado por la legislación, sino que ésta ha de propender a la erradicación de todo aquello que se nos muestra como de tal jaez. Y aunque algunos inverecundos legisladores se empeñan en desmentir esta afirmación y moldearnos a su tan malbaratado antojo, e incluso tratan de convencernos de que lo pernicioso es inocuo, nosotros, sin duda más cabales, hemos de convenir que tras lo inocuo acostumbra a parapetarse lo inicuo. Pues, ¿Qué bien ha de hallarse en acordar que las drogas y las putas pasen a ese estatus disparatado en que se ha convertido el marco normativo, donde lo legal semeja hacerse bueno como por ensalmo? ¿Acaso no nos sumen en un estado malogrado donde la volición y las más bajas pulsiones se anteponen al discernimiento? ¿Acaso basta el interés crematístico para la abolición del bien? ¿Acaso ya no importan esas mujeres tristes, a las que nos traemos con engañifas y promesas para cercenarles la dignidad? ¿O es que el Estado ha dimitido de la lucha por los derechos de los más desfavorecidos?
Pero acaso sea eso lo que nuestros cochambrosos politicastros pretenden: convertirnos en las escurrajas vergonzantes de cuanto antaño fuimos y dejarnos yertos de moral, para que, sumidos entre porquerías, nos refocilemos contra los cascotes de lo que un día fue cristiano, hoy ya recubierto por el légamo guarro del relativismo. Salvaremos, sin embargo, a este estado nuestro, tan trastabillado, que entre putas y camellos tendrá las arcas llenas, anegadas de monedas con las que satisfacer derroches y adormecer conciencias.

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