La navaja inglesa

Publicado: 29 abril, 2014 en Uncategorized
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La navaja inglesa

            En ocasiones he dicho que escribir una novela histórica —o de ambientación histórica, por así decirlo, que en disquisiciones tales, por no salir descalabrado, renuncio a involucrarme— es, o al menos debiera serlo, el sincero intento de reconstruir cuantos vestigios han quedado recubiertos por la broza de la desmemoria o arrasados —y discúlpeseme la frívola pesantez— por los un tanto menos vergonzantes yermos de la ignorancia. Y en ese intento de rehabilitar lo antiguo, lo que hogaño se nos muestra tan distante y hasta demolido por el tiempo, el autor ha de reverdecer los paisajes que describe, insuflar a sus protagonistas una vida cuasi cierta, acendrada, libre de esos rasgos hodiernos que les malbaratan la credibilidad —y que a la postre son una suerte de escorias o excrecencias—, y sacar lustre a esa pátina de solemne antigüedad que hermosea cuanto éstos ven en derredor. Viene a ser tal ejercicio, o eso se me antoja a mí, un acercamiento subrepticio a lo lejano, un abrir una rendija hacia el pasado y entremeterse por ella, un “plantarse en el antaño” para contemplar, furtivos, aquietados y en silencio, cuanto sucedía por entonces.

            Muchos, sin embargo, quizá huérfanos de ese don que tildamos de talento, o sumidos en una cierta pereza descriptiva, trazan un paisaje yerto o como inane, donde unos personajes también inanes merodean por entre escenarios desvaídos, faltos de color y de detalle, en los que el autor se inmiscuye de un modo entre grotesco y violento. Parlotean estos personajes un idioma nuevo e increíble, preñado de neologismos y de voces sin sentido, y a un tiempo, quizás por abundar en el error narrativo, se remejen por estancias apenas esbozadas o desguarnecidas de verosimilitud, por lugares desdibujados que la escasa documentación de su fautor no ha llegado a definir. Así, y de resultas de este esfuerzo enclenque y mazorral, estos literatos de baratillo y de como hastiada intelectualidad terminan por perpetrar horteradas sin cuento, con las que, de un modo entre ladino y deshonesto, urden un trampantojo para el inadvertido y confiado lector.

            La navaja inglesa, sin embargo, que José de Cora viene de publicar con Tropo Editores —y vayamos de una vez al grano, que de digresión ya voy sobrado—, nada tiene de esto último. En ésta, el autor lucense nos describe el Madrid de entre 1773 y 1780, cuando, traspasado por un irrefrenable afán constructor, el rey Carlos III decide acometer la ejecución de las obras del Salón del Prado y mudar, por fin, el tan malbaratado aspecto de la ciudad. Pero es éste un Madrid birrioso y escalofriado, con las aspiraciones amputadas por los muchos sobresaltos que le salen al camino; y mientras las piedras que habrán de conformar la fuente de la Cibeles se blanquean, se escarifican y se pulen, también se escarifican las honras y los tegumentos genitales.

            Así, durante la construcción de la hoy tan conocida fuente, y como colofón a una Pascua que ya entonces comienza a ser desdeñada por las penitencias que en ella se infligen los devotos, aparece el cadáver emasculado del joven Dosindito, un rapaz casi angélico, pero de familia hecha añicos, que a todo el mundo hacía bien. Días después, Lorenzo Chacón, el arquitecto encargado de las obras, hallará en las tierras removidas que circundan la fuente la bolsa escrotal del muchacho.

            Comienza entonces un reguero como incesante de groseras y generosas circuncisiones que Dámaso Mayorga, el encargado de la investigación, tratará de frenar con la muy singular y erudita ayuda del sacerdote D. Juan Francisco de Castro, a la sazón Vicario General del Obispado de Lugo, y la preclara sagacidad que de forma puntual le presta el joven arquitecto Chacón.

            Concurren en la historia María Luisa de Parma, Princesa de Asturias, a quien la Corte se le hace sosa; Cenarrusa, la “oreja del rey”, siempre atento al contubernio y al direte; los marqueses de Curazzo, tan dispares ellos; los barones de Esteiro Labandal; el conde de Sanchezcapitán, Goomer Astudillo, homosexual impenitente y frivolón; o el negro Tomás, entre otros, un Borbón bastardo y muy oscuro que semeja hacer fortuna con el cimbrel. Y concurre, además, salpimentando de sudor la trama, un casi extenuante y muy democrático goteo de fornicaciones varias, para entonces prohijado por el pervertido magisterio con que el Marqués de Sade preñaba las sociedades de la época.

 

 

            Siempre he tenido a José de Cora por un muy buen escritor, por una suerte de Woodehouse en ciernes —o sin los ciernes—, que se revela capaz de instilar en el lector ese aliento que brota, tan solo en contadas ocasiones, de entre las más bellas frases de un libro; un autor  que inocula el germen de la voracidad y nos impulsa a continuar con nuestro periplo lector. En sus celebérrimos artículos periodísticos, de Cora amalgama su muy atinado criterio para el análisis sociopolítico con un entre vitriólico, sarcástico y descacharrante sentido del humor. Pero en esta última obra se nos muestra mucho más.

            En su navaja, tal parece que de Cora se hubiese plantado un pelucón de albos zarcillos, enfundado las polainas y calado el de tres picos; y así, de esa guisa dieciochesca, nos transfundiera la más cierta y cruda de las sensaciones. Pues mientras uno lee sus diálogos y descripciones y se entremete en ellas, casi como por ensalmo frunce el ceño y se encabrita, esboza una sonrisa o se carcajea sin recato; siente cuanto pasa, se emociona e irrita, se ofende y horroriza, pues nada de la obra le es ajeno.

            Sus personajes acarrean un como perpetuo desaliento, una acerba desesperanza que, aun enjalbegándose con los afeites de la prosperidad, no alcanzan a ocultar. Viven por un sexo donde el amor se muestra ausente, o por un favor que tan solo habrán de alcanzar a través de hechizos, de unos muy bestiales sacrificios o de ungüentos que enlentecen las conciencias y las sangres. El amor se les antoja una quimera, y al no toparlo se refugian en un yacer desembridado y sin sentido, en un fregoteo impetuoso que les arrebata el ser y les rapta el seso, o en unas muy enloquecidas promesas de endiosamiento. Se nos muestran, por así decirlo, casi huecos. Y sin embargo tienen alma.

            Animados por esa prosa ubérrima y feraz de José de Cora, los personajes de “La navaja inglesa se nos hacen vivos y cercanos. Percibimos la belleza casi rampante que se arracima en Violeta, el íntimo desarraigo que hallamos en Lorenzo o ese tabernario hedor que exuda alguno de los secundarios. Esbozamos un deje de repeluzno al contemplar las sevicias y los crímenes, y se nos cuela por entre los labios algún exabrupto ocasional. Y esa es, sin duda, para mi eterna envidia como narrador, la tan grande labor que nos ha demostrado de Cora. Pues pocos hay que nos incrusten con tal fijeza lo narrado y nos remuevan las entrañas; pocos hay capaces de crear así.

 

CODA

            La navaja inglesa bien puede ser un rimero inabarcable de procacidades o una muy extensa colectánea de balanos en acción. Pero en ese como perpetuo trajín de lo genital se nos revela la verdadera cochambre de aquella tan ilustrada sociedad, el réprobo e inicuo comportamiento de quienes, transidos de una ciega razón, trocaron la moral por unos aires más modernos y cosmopolitas. Y si bien es cierto que estas crónicas matritenses tienen un mucho de guarro, de concupiscencia enfebrecida y de escabroso, no lo es menos que en ese devenir de falos vivarachos, escrotos amputados y señoritingas de moral escacharrada, el autor nos trae una muy enjundiosa novela, el retrato vividísimo  de un Madrid con los revocos interiores muy ajados; de un Madrid a la vez misérrimo y suntuario, encopetado y con los calzones flojos, donde un rey ya taciturno se amustia entre abrojos, escopetas e intrincadas conspiraciones; donde la nobleza, ávida de cuartos, de poder y hasta de fornicio, se envisca entre las más sucias escurrajas en que devienen las morales moribundas; de un Madrid de atorrantes sin vergüenza y de marquesas sinvergonzonas; de un Madrid que se ciega con los falsos oropeles de la ilustración mientras abre los ojos —y los brazos; ¡y hasta las piernas!— a la sicalipsis y a la sinrazón; de un Madrid, en fin —y discúlpeseme la tan extensa tautología—, que habrá de quedarse para siempre por entre los más íntimos vericuetos de mi mente y en el más preciado anaquel de mi estantería. De un Madrid, en suma, que ya nunca contemplaré de igual modo.

 

 

de Cora, José. La navaja inglesa. Tropo Editores SL. Zaragoza, 2014. 526 págs. ISBN: 978-84-96911-72-7

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comentarios
  1. Muchas gracias por el comentario. Es una lectura muy acertada de la novela, aunque yo sea àrte interesada al decirlo.

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