La Sábana Santa

Publicado: 29 enero, 2014 en Uncategorized
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            Tras visionar, ya casi por enésima vez, el testimonio que el físico Nicolás Dietl ofreció sobre la Sábana Santa de Turín en el programa Sin tapujos, que a la sazón presentaba Eduardo García Serrano en la hoy casi desaparecida Intereconomía TV, me revelo incapaz de sustraerme al pugnaz afán de escribir unas pocas líneas sobre ello y volcar sobre el papel las muchas emociones que tan sentida intervención me suscitó. Y es que el discurso del señor Dietl es, amén de lúcido, elegante y esclarecedor, en extremo atinente a los días trastabillados que sobrevolamos.

            En la coda de su intervención —casi una suerte de brillante epitafio que, a la postre y a pesar de su obviedad, habrá de resonar en las meninges de quien lo escuche—, y tras disertar largamente sobre los muchos trampantojos que se urdieron con el único y vesánico fin de ocultar lo cierto, el físico asegura que el manto de cerril escepticismo que se cierne sobre la sagrada reliquia —el sintagma un tanto cursi es mío, no del eximio experto— no proviene de un sesudo ejercicio de discernimiento científico ni de la inadvertida deglución de tantas descabelladas teorías que se han tejido en torno a ella, sino a la insoslayable trascendencia del personaje al que remite y al ineluctable compromiso al que tal circunstancia, de asumir lo evidente, nos obliga.

            La nuestra es una sociedad descabezada, amenazada de derrumbe o en ciernes de demolición; pues los vetos y tabúes que ponían freno a los excesos han ido cayendo de uno en uno, abatidos por la modernidad y por el más rampante materialismo. La fe católica que nos servía de argamasa, hace ya tiempo que se ve achacosa o malbaratada por los alifafes, impedida para servirnos como de cuadernas y así aguantar los embates que sufrimos. Pero estos males de la salud no provienen de la senectud que  los ávidos de remozamientos puedan ver en la Iglesia, sino de las oprobiosas delicuescencias relativistas en que nos refocilamos y de los impedimentos que una moral recia nos presenta para el sostenimiento de esa ética acomodaticia que tanto deseamos. Hoy, somos una sociedad enferma; una sociedad que dimite de los preceptos que la constituyeron, que se refugia en caprichosas veleidades y eleva a trascendente lo que no es sino efímero y baladí; una sociedad que, como enviscada en una suerte de légamo o de cochina porquería —y discúlpeseme el abundamiento escatológico—, solo ansía dar cumplida satisfacción a sus afanes crematísticos, mundanos o sexuales, y arrasar las lindes morales antaño topografiadas.

            Así, entregados a un decurso tan deletéreo y pernicioso, fortificamos nuestras satisfechas posiciones y nos alejamos de rutas más salvíficas; asumimos que la vida es un jolgorio que hemos de prolongar sin recato y arrumbamos en el cuartucho de la desmemoria, con asombrosa inconsciencia, aquellos dogmas que trazaban nuestro camino. Finalmente, enceguecidos por el deseo, y por ello renuentes a dejarlo atrás, terminamos por dimitir de Dios.

            A la postre, importa poco qué se nos cuente o las muchas certidumbres que se nos planten ante nuestros ojos —hogaño casi ciegos—; y por mucho que se nos haga evidente la presencia de Dios habrá siempre quien la niegue sin desmayo, quien ciña un manto sobre la verdad y la oculte a los demás.

            Así, no hay modo alguno, en la actualidad, de reproducir la impronta que tantos siglos han contemplado ni de urdir tan verosímil y complejo embeleco. No había, por supuesto, en la antigüedad, los conocimientos necesarios para transcribir en el lienzo las para mí abstrusas complejidades del sistema circulatorio que se observan en él,  ni mente de tan conspicua clarividencia que fuese quien de imaginar las innumerables pruebas a las que hemos sometido el lienzo a fin de constatar su autenticidad —más bien, de demostrar su falsedad, pues no es éste sino el motivo que ha movido a muchos—. No hay, asimismo, rastro alguno que nos indique que lo que en la síndone se contempla pueda haber sido realizada por el hombre. Así pues, ¿a qué tanta duda?

            Es cierto que el resplandor de la verdad es en extremo fúlgido —y quizás por ello muchos renuncien a mirarla, por temor a verse lastimados en sus erráticas convicciones—, pero el deslumbramiento que provoca —tal vez debiera decir alumbramiento—no propicia sino una esclarecedora apertura de miras, una tan límpida que nos permite disfrutar de lo que en realidad importa y nos libra de esas escorias guarras que se nos han ido adhiriendo a la piel. 

            Si, por fin —y pongo ya término a tan extenuante digresión—, levantamos el cerril manto de escepticismo al que antes aludía, nos  hallaremos con la certeza de la Resurrección y, por ende, con la divinidad de nuestro Señor Jesucristo; y si así obramos, tal certidumbre nos golpeará en esos nuestros cimientos febles, ya destartalados o achacosos, sobre los que hemos construido esta vacua sociedad en que nos remejemos. Llegará luego, de resultas de lo anterior, un hombre nuevo, mucho mejor que el anterior, que trocará su vida como líquida por otra más atinada y guarnecida, como en intrincada y admirable urdimbre con aquello que realmente somos. Basta, tan solo, levantar ese velo aturdidor, observar cuanto se nos muestra y aceptar las evidencias. Apenas nada, si se quiere.

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