Donna angelica vs Donna diavola

Publicado: 10 septiembre, 2013 en Uncategorized

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Donna angelica vs Donna diavola, de Elena Montagud

            Tras una etapa como de acedía literaria, donde solo algunas obras clásicas —novelas imperecederas, coruscantes de talento y de una industriosa búsqueda de la belleza— pasaban un tiempo entre mis manos, retomo ahora mis afanes inveterados y regreso a ese ejercicio de la pesquisa que para mí resulta la escritura de recensiones. Tras esa etapa como de acedía literaria, digo —y discúlpeseme el abundamiento, pero esta suerte de vaga tautología siempre me ha parecido atractiva y eficaz—, y aún con ecos como atormentados resonando en mis meninges, renuevo lo que antaño fue un compromiso con las reseñas y encaro, entre deliquios de satisfacción, la de Donna Angelica vs Donna diavola, pequeño libro de relatos, de título anticipador, que Elena Montagud viene de publicar con Ediciones Nowtilus.

            Por hacerlo de un modo más minucioso o pormenorizado, quizás debiera glosar por separado cada uno de los textos que componen esta compilación, como asignándoles su parte alícuota u otorgándoles propia entidad. Sin embargo, y aun reconociéndoles una evidente autonomía que les haría merecer una mayor atención, he preferido tratarlos como un conjunto pétreo, disciplinado, donde actúan todos de consuno y se convierten en los hilvanes con que se urde una magnífica obra. Pues no es sino esto el libro que me ocupa: una fabulosa antología donde, de un modo sumamente vívido y  propincuo, desportillado de clichés y de censuras, se nos acerca al tema de la dualidad, a esa suerte de reflejos o de simetrías donde la limpidez se encara con el azogue resquebrajado.

            Muchos son los que han tratado en sus novelas de oponer el bien y el mal y develarnos sus más íntimos secretos. En un ejercicio un tanto remolón o superficial, esos muchos enfrentaban uno y otro bando; describían ambas condiciones, las obligaban a interactuar, a enseñarse los dientes y a darse golpes sin rebozo hasta que, rematado el tráfago de escenas y de coscorrones, la acción se decantaba y dirimía. Otros, sin duda más prolijos y atinados, los representaban como facies inseparables, como cara y cruz de una moneda, cercanos y distantes, a un tiempo unidos e irreconciliados. Elena, sin embargo, se desprovee de recato y se aventura más allá, pues en sus cuentos bien y mal se entreveran de un modo casi indiscernible, amalgamándose en confusa, en indisoluble y aherrojada unión. Ella entremezcla la esperanzada desolación con la esperanza desolada o abatida. Sus anfractuosos protagonistas, abigarrados de manías y de complejos, se han descabalgado de la realidad; pero a un tiempo, como debatidos en una esquizofrenia ontogénica o sobrevenida, le ciñen los correajes a su locura y le asenderean el camino. Y es que nada llano hay en la obra de la escritora valenciana. A la Montagud, no le basta entremeterse entre la cenicienta gama de grises con que otros dibujan, no; ella busca dotar a sus personajes de una ulterior y adicional dimensión, una en la que los caracteres adquieran profundidad más allá de lo evidente, apegándolos así, sin atisbo alguno de duda, a la cochambrosa y trastabillada sociedad que hemos dado en formar.

            En su prosa, un tanto desdeñosa de los rigores más canónicos y clasicistas, hay una vivacidad inmarcesible, una pujanza inagotable que asoma por entre las páginas y te impele a devorarlas con avidez, como arrastrado por el venero de emociones que suscita en uno. De sus frases se me antoja que dimanan como compases de trepidación; un ritmo en ciernes acaparador, que te empuja a proseguir, a dejarte llevar como en volandas, impulsado por la honesta ingenuidad de quien aún, a pesar de serlo, no se considera una gran autora. Pues el repeluzno escalofriado, el desprecio que genera en el lector lo relatado en Otredad, deja en éste un poso acibarado, denso de repugnancias y de incitaciones a la iracundia; la lujuria errática de Credibile est illi numen inesse loco, mayúscula de perversiones; la horrísona pesantez del remordimiento que inflige en sus amantes una chica de ojos grises; el amor descalabrado y crudelísimo que soporta un ángel mudo; o las siniestras tenebrosidades que pueden llegar a ocultarse tras el reverso de las palabras son muestras fehacientes de la indiscutible capacidad de Elena para colapsarnos con las emociones, una autora que, de un modo honesto, entre ingenuo e inadvertido, demuestra a cada paso el enorme talento que atesora.

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comentarios
  1. Elena Montagud dice:

    Gervasio, muchísimas gracias por tus palabras. La reseña es magnífica, me has dejado con la boca abierta. Espero que hayas disfrutado el libro. Un abrazo. Elena MOntagud

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