Letal como un solo de Charlie Parker

Publicado: 23 agosto, 2012 en Personajes

Ilustración de la portada

 

            En este mundo entre buenista y como atolondrado que nos hemos dado, hay toda una suerte de vicios y de pecadillos veniales que vienen siendo proscritos como si de nefandos afanes se tratara. Como en un batiburrillo aturdidor, tal parece que se hubiesen trastocado los valores por entero; y así, lo que antes era convención social, hogaño se ha trocado en actitud a desterrar, en culo-caca-pis o en germen de esas impostadas expresiones de repeluzno que esbozan los “guays”, bastando ello para vilipendiar a quienes aún se resisten a declinar de sus inveteradas tradiciones. Transidos por una locuacidad como regurgitada por la saña, por un discurso redentor —pagano, eso sí, pero redentor al fin y al cabo—, los “guays” ansían apartarnos de la senda trazada a lo largo de los años y auparnos, como a hostiazo limpio, a una salud sin tacha ni merma muscular. Y ante semejante ataque crudelísimo no queda sino batirse, como decía el macho, y hacerse aún más tenaz en esos pecadillos.

            Semejante digresión cuasi apocalíptica —disculpen ustedes el coñazo— viene al caso tras haber leído “Letal como un solo de Charlie Parker”, de Javier Márquez Sánchez (Salto de página), donde todo “quisqui”, sin los recatos progres y ridículos en que hoy se zambulle buena parte de la sociedad, se dedica a beber sin cuento exquisitos cócteles de güisqui o de bourbon, a fumar como vaporetos de juntas dislocadas y ligar con complacientes bailarinas arribistas sin temor a que un vigoréxico enojado, una ministra escuchimizada o un émulo inflado y como entontecido de Hércules les endilgue una salvífica denuncia. Disfrutan, tan solo, de lo que siempre hemos disfrutado las gentes de buen vivir, abriéndonos, al tiempo, una ventana del recuerdo por la que añorar y remembrar épocas ya pretéritas.

            Pero no es tan solo güisqui y ligoteo lo que aparece en “Letal como un solo de Charlie Parker”, no… ni mucho menos; eso, aunque retratado con asomos de genialidad, es tan solo el barniz como viciosillo que embadurna la novela. Se trata, más bien, de sumar un puñetazo a esa batalla por la colonización de la novela negra que un puñado de escritores españoles vienen librando durante los últimos años, de sobreponerse a la primacía cuasi absoluta de Raymond Chandler, Hammett, Spilane y otros autores míticos del género. Y este puñetazo de Márquez les ha impactado en todo el mentón.

            El argumento es, poco más o menos, tal que así:

            Eddie Bennett, alias el Figura, motejado despectivamente como huelebraguetas, es un solucionador de problemas que vive en una suite del hotel Flamingo, en la ciudad de Las Vegas, donde un status conseguido a base de mamporros, atractivo personal y buenas dosis de caradura le permite codearse con estrellas como Frank Sinatra o Dean Martin y vivir casi a cartera suelta. Un día, la empresa para la que trabaja le encarga gestionar el papeleo sobre una joven actriz que, aparentemente, se ha suicidado; algo anodino y sin peligro aparente. Sin embargo, después de husmear un poco, descubrirá que tras esa muerte hay algo más que un desengaño amoroso. Inicia entonces una investigación que discurrirá entre el set de rodaje de la película “El conquistador de Mongolia”, donde tendrá la oportunidad de medir puños con John Wayne y de babear con la maravillosa Susan Hayward, y la ciudad y alrededores de Las Vegas, donde, con la ayuda de una despampanante periodista, se moverá entre matones y cadáveres.

            Esto es: novela negra, tal cual. Sin embargo…

            Como novela negra, Javier Márquez se ha ido a lo canónico: al protagonista duro, cabroncete y jodedor hasta los tuétanos; a esa mafia como enquistada en el seno de la sociedad, infartada de corrupción y de túmulos en el desierto; a esas chicas de moral distante y pechos muy cercanos, con las que uno se engolosinaría sin dudarlo, o al policía hastiado y corajudo, cuyo cumplimiento del deber se ve nublado por la corrupción y la lenidad que le rodea. Pese a ello, Javier no escribe su novela con las panoplias de clichés que tanto abundan en la prosa yanqui, sino con los mimbres del gran novelista que es, esgrimiendo una cornucopia inagotable de metáforas y comparaciones atinadísimas o haciendo uso —que no alarde— de un sinfín de recursos estilísticos que nos llevan a zamparnos la historia sin apenas percatarnos de ello.

            Al leer “Letal como un solo de Charlie Parker” —ya quisiera yo dar con un título como este—, uno siente el gusto entre acerbo y ahumado del buen güisqui, el olor empodrecido y sulfuroso de las salvas de disparos, la tibieza del cigarro entre los labios o el ardor tegumentario que precede al fregoteo genital y a la coyunda; siente la opresión de la inquietud cuando una Smith & Wesson asoma en su presencia, la aridez del polvo del desierto y el temor que inspira un asesino; y siente, gracias a Dios, el suave tacto de unos labios, la presencia despojada de chorradas de John Wayne, la mirada coruscante de la Hayward y la gravedad sedosa de la voz de Dean Martin, agraviada con el cóctel de algún barman charlatán. Y así las cosas, si la excepcional novela de Javier Márquez no es un puñetazo en el mentón de Dashiell Hammet u otros como él,  sí es, sin duda, una palmada sobre el hombro compañero del americano, un saludo como de igual a igual o un aliento resoplón aventándole el cogote, advirtiéndole de su llegada al club de los grandes. Con “Letal como un solo de Charlie Parker”, Javier Márquez ya ha pagado su cuota.

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comentarios
  1. Javier Márquez Sánchez dice:

    Por más que busco y selecciono, soy incapaz de articular frases que lleguen a expresar la emoción que me ha producido la lectura de esta crítica, brillante por otro lado en su planteamiento y articulación. Mi más sincero agradecimiento. Un abrazo

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