Assur

Publicado: 9 agosto, 2012 en Personajes

Ilustración de la portada

            Glosar hazañas y sucesos legendarios no es tarea baladí ni exenta de dificultad. Quien asuma este papel ha de trasfundir la emoción de lo remembrado, el miedo, la pasión y los temores que el decurso de los hechos trae consigo; ha de reflejar lo vidrioso de la escena y sacar a relucir cada una de las pequeñas resquebrajaduras que le lastiman el azogue; ha de infligir zozobras y resquemores; dejarnos sin resuello, tras empaparnos con los alientos fatigados de los protagonistas, u hostigarnos con los crudelísimos ataques que estos puedan sufrir. Y así, sojuzgados por tanta exigencia narrativa, pocos son los que logran tal fineza y resuelven, airosos, el embate al que se enfrentan. Pero en este Assur que por fortuna vengo de leer (Temas de hoy, Planeta), para mi inmediato enojo y rendida admiración, Francisco Narla lo consigue de forma harto cumplida. Y es que en su monumental novela (960 páginas de trama magra y enjundiosa, sin atisbo alguno de relleno ni de vacuas disertaciones ornamentales), el autor gallego remeda a los bardos de antaño y nos traslada una historia vívida e inmarcesible, capaz de incrustarse en las meninges de cuantos la lean y muñir en ellos ilusiones e inquietudes.

            Al igual que Javier Pellicer en su magnífica “El espíritu del lince” (Ed. Pamies), donde trata las luchas carpetovetónicas que los íberos mantuvieron con los cartagineses, Narla rescata un episodio preterido por la historiografía, urde en él una historia fabulosa y la ofrece para nuestro embeleso. En este caso, el germen de la novela son las arribadas de los normandos a las costas de Galicia y las tropelías que en ellas perpetran, ávidos de las riquezas que se acumulan en los templos religiosos por mor de la ruta jacobea; y Assur, apenas un niño en las primeras páginas, el protagonista que nos ha de acompañar durante la fantástica travesía.

            Tras la muerte de sus padres y la desaparición de dos de sus hermanos, Assur Ribadulla y su leal compañero Furco, un lobo al que rescató siendo un cachorro y que deja en la novela un regusto inolvidable, se ven socorridos por la intervención de un soldado talentoso, de nombre Gutier de León, un mercenario normando llamado Weland—canónico en su descripción, por lo tragaldabas, borrachuzas y putañero, pero no por ello menos memorable— y un médico judío que habrá de aportar el tan necesario aditamento intelectual a la educación del muchacho. Con ellos, Assur recuperará buena parte de la dicha que le fue arrebatada, aprenderá los rudimentos de la medicina y los ardides de la guerra y se zambullirá en el sentido complacido y como orgulloso del honor; pero también esto se truncará tras la batalla de Adobrica —descrita con verdadero acierto—, donde las esperanzas de rescatar a sus hermanos terminarán por desvanecerse.

            Durante la batalla, en una refriega en la que demuestra lo provechoso de su entrenamiento, Assur es apresado y trasladado a tierras vikingas; y allí, por su pundonor, coraje e irreductible orgullo, forjará su épica leyenda, siempre guiada por el afán de reencontrarse con los que han quedado atrás y por el recuerdo del añorado hogar.

            Narla, versátil como pocos, se convierte en “Assur” en un narrador ceremonioso y a la vez vitriólico. Su prosa es culta, precisa y casi solemne cuando el tema así lo exige (la novela es casi un tratado etnográfico), pero también acerba, sucia y como embadurnada de franqueza en los diálogos, en los que demuestra un atinadísimo control y una pasmosa consecución de la cercanía. Tal parece que infundiese en sus personajes un hálito de vida, pues uno, al leer “Assur”, participa de sus conversaciones y festejos pantagruélicos, siente la lubricidad que exudan mientras hacen el amor, el enfebrecimiento que los incita a actuar o la ira que les sobreviene en las batallas; y es que lo sentido de la historia no se ciñe tan solo a las facetas que suscitan su pasión —de su gusto por la pesca y por lo rutilante de las frondas gallegas ha dado buena muestra en numerosas ocasiones—, sino también a las que corrían el riesgo de verse agostadas por un exceso de documentación. Así, los aspectos más históricos no se narran con el tono sesudo, aséptico y amuermado de otras novelas de similar cariz, en las que un afán didáctico —hasta presuntuoso, en ocasiones— termina por lastrarles el ritmo y arruinarlas por entero, sino con el tono confianzudo y atrayente de una conversación como a calzón quitado, con una narración tan verosímil que el lector se envisca en ella como en una cinta atrapamoscas.

            Se nota en Narla un afán por la belleza, una cierta propensión al clasicismo que hace de su obra una suerte de visitación a las grandes obras de la Literatura, el gusto por indagar en la palabra y extraer de ella lo trascendente y sustancial, la querencia de elevar la historia y no quedarse simplemente en ella, sino bruñirla con esmero y lustrarle una bella pátina. Y es por eso que “Assur” bien puede ser, por méritos propios, por descollar entre el tráfago aturdidor de las vacuas publicaciones actuales, una de esas novelas que promueve aficiones entusiastas; y quizás algún día, cuando su lectura haya dejado en muchos los posos complacidos del recuerdo, en cumplimiento de las aspiraciones y deseos del propio Narla, veamos en alguna ciudad de España cómo un niño juega con su perro Furco.

 

 Para ver el trailer de la novela pulsa aquí

 

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comentarios
  1. Toñi dice:

    Totalmente de acuerdo,nada que añadir,una gran historia.

  2. Muchas gracias por pasarte, Toñi. Es una novela fabulosa.

  3. Banca Miosi dice:

    No la había leído, Gervasio, gracias por esta interesante reseña que me abrió el apetito. Creo que la compraré. Un saludo codrial!
    Blanca

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