Retomo mi colaboración con Diario ya con esta reseña de Mirlo blanco, cisne negro, de Juan Manuel de Prada, que ya hace unos días compartí en este blog.

La reseña en Diario Ya puedes leerla aquí.

 

 

Artículo publicado hace ya tiempo en Adelante la fe

http://adelantelafe.com/profanaciones-y-santa-ira/

 

Profanaciones y santa ira

Quizá sean “asco” e “indignación” los vocablos que mejor compendian la inquietante sensación en que se me zambulle el alma en este instante, justo ahora, cuando sostengo la pluma entre mis dedos ya crispados y comienzo a perpetrar este artículo; una sensación que se me antoja como gusanos regordetes y pegajosos, como llenos de pus y de malas intenciones, que me recorren por entero y me dejan la piel erizada, zaherida y embadurnada de mucílago. Pues cuando leo sobre la profanación que ha cometido ese inconsciente botarate que se tiene por artista; ese mamarracho que ha empleado Hostias para vomitar una mierda de las que ahora, en este mundo enfermo y enloquecido, se tienen por arte, me veo como animado por la santa ira e impelido a sajar las orejas de los impíos, como antaño hizo san Pedro con aquel miserable de Malco. Pero intento comedirme, no obstante; no dejarme arrastrar por el enfado ni por el repeluzno y así no volcar sobre el papel todo el vitriolo que me brota de las meninges.

No enfadarme, por ejemplo, con los políticos navarros que rechazaron condenar la exposición; con esos miserables cainitas que, sin duda emborrachados hasta el tuétano de un humanismo envilecedor y descacharrado de moral, aseguraron que la libertad de expresión —ese tan democrático embeleco que no oculta más que insultos y sectarismo— ha de privilegiarse por sobre todo, anteponerse a cualquier otro derecho y ser elevada a ese altarcito ateo que levantan día a día, mampuesto a mampuesto, sobre los pretendidos escombros del Cristianismo —sobre el que querrán sacrificarnos, sin duda, una vez que la cultura cristiana haya fenecido—. Intento no enfadarme, además, con los medios de comunicación de la Conferencia episcopal española, que, en lugar de execrar los hechos y exigir toda suerte de reparaciones, han preferido silenciar el tema en sus informativos y anegarnos el entendimiento con la enorme gavilla de salutaciones encomiásticas con que acostumbran a ponerse de hinojos ante el PP, para que los más altos prebostes de este partido nos ofusquen con su abyecta política de ojetes y de vacuas tolerancias. Como intento no enfadarme, incluso, con el propio Abel Azcona, pues tal vez no tenga más remedio que yacer en las aberraciones, ya que el alma ha debido quedársele hueca o como endurecida; tal vez el demonio se la recorra por entero y haya acampado en ella, en sus entrañas, llenándoselas de basura y de dolor; tal vez su vida sea ese báratro horrífico que me imagino, donde sólo se aposentan las ideas más inicuas; o, tal vez —y perdonen la tautología—, un odio irracional y enfermizo se le haya enviscado hasta en sus más íntimas entretelas, cubriéndoselas de excrementos.

Todo esto, digo, intento embridarlo, acallarlo, dejarlo en sordina y, así, mantenerme como limpio, alejado de ese vitriolo que me nace de las tripas y del pecado que brota de él. Pero lo que en verdad me horroriza es la respuesta que ha dado buena parte de esta sociedad enferma, eviscerada de bondad, donde un laicismo feroz y esquizofrénico pretende ciscarse en lo más sacro y defecar en los cristianos, mientras a éstos, a un tiempo, se les exige la quietud y la paciencia. Pues, ¿A santo de qué hemos de aguantar nosotros, los cristianos, cuantas tropelías e insultos nos endilgan los comecuras? ¿Por qué hemos de soportar la inacción de quienes dicen protegernos mientras se arroja por el suelo a Cristo Sacramentado? ¿Por qué las administraciones públicas se mofan de los católicos y nos niegan la justicia que nos asiste? Y es que lo que ha venido a evidenciar este suceso es el repugnante légamo en que yacemos, oprimidos por una democracia que se nos ha vuelto sectaria y esquizofrénica, donde las libertades se revelan bizcas y los derechos de aquellos que no se pliegan a los dictados del sistema son amputados de cuajo, hasta que caigan en la defección y acepten ser eviscerados de bondad.

Pero muchos, a pesar de todo, no se rendirán. Muchos, sin duda, defenderán su fe y los principios innegociables que ella nos enseña; gritarán la verdad a los cuatro vientos y la asperjarán por doquier, intentando rescatar a quienes se mantienen en las tinieblas, y no se arredrarán ante los denuestos y los ataques. Muchos llevarán su cruz con arrojo y esperanza, con el corazón henchido de gozo, burbujeante de alegría, aunque los goznes de su cuerpo se les malbaraten por el esfuerzo; y ante ese dolor horrífico que les quiebre esbozarán una sonrisa como oceánica, mirando al cielo. Y muchos, al fin, elevarán sus voces cuando lo cristiano sea vilipendiado, gruesas y atronadoras, hasta que las piedras ocupen su lugar. Quizás, incluso —sólo quizás—, ofrezcan una pequeña muestra de aquella santa ira que nuestro señor Jesucristo nos regaló, como una más de Sus enseñanzas.

 

 

 

Unos pobres niños sirios

Publicado: 28 enero, 2017 en Uncategorized
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Artículo publicado hace un tiempo en Adelante la fe.

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Unos pobres niños sirios

Hace escasos días, en esas tierras moras en que la barbarie campa por doquier y el diablo se regodea con la muerte, unos pobres niños sirios, a quienes la vida se les puso en contra y les dio un puntapié, fueron crucificados por los asesinos del ISIS. Hace escasos días los llevaron entre muchos, los colgaron de un madero y los mataron, sin asomo alguno de piedad y con las risas prendidas de los belfos barbados. El motivo, por lo visto, como bien rezaba la cartela que las bestias les colgaron de sus pechos entecos, fue saltarse el ayuno establecido en el ramadán; supongo que porque el hambre se les había remetido en las entrañas y se las escariaba con sus zarpazos de hiel.

Hace escasos días, mientras esos pobres niños sirios boqueaban como un pez varado y los pulmones se les arrasaban por las llamas de la asfixia, en este mundo nuestro tan abyecto, donde la caridad y la misericordia se han convertido en arcanos o en excusas para la chufla, nos limitábamos a condolernos por las piedras milenarias en que se ciscan los asesinos del Estado Islámico; nos azacaneábamos en regurgitar lamentos y lloriqueos por las estatuas mutiladas, por los mosaicos desmenuzados y los templos destruidos, como plañideras de una civilización en ciernes enferma o moribunda.

Hace escasos días, mientras unos pobres niños sirios vomitaban estertores, la escurraja tan cochina que tenemos como próceres apenas bosquejaba un gesto como de insoportable compunción, aspaventaba un fingido tono de firmeza y proclamaba la más seria de las condenas por el crudelísimo atentado de que está siendo objeto el Patrimonio histórico; pero en seguida el tono enflaquecía, se tornaba pusilánime y terminaba por desaparecer, disuelto entre las cuitas que en verdad excitan la vigilia de la plutocracia.

Hace escasos días, mientras unos pobres niños sirios fallecían, nosotros, tan egoístas y abobados como siempre, nos enviscábamos en una discusión acerba sobre corruptelas varias, sobre tuits más o menos esperpénticos, inicuos o disparatados, o anublábamos nuestro cerebro con la visión entontecida de programas del corazón o de tertulietas de baratillo, esos programillas infectos y pestíferos en que los vasallos del poder rinden una vergonzante pleitesía a sus señores y corifeos.

Hoy, sin embargo, tras los últimos atentados que el Estado Islámico ha perpetrado por el orbe todo, donde esas hordas de miserables asesinos han vuelto a demostrar que el demonio se ha enseñoreado de ellos, nos sentimos condolidos y atemorizados, nos entra un tembleque en el tegumento genital y terminamos por buscárnoslo en el gollete, adonde ha ido a parar; quizá porque llorosos, egoístas y cobardes, se nos antoja que también nosotros podemos caer frente al machete moro. Y es que el corazón se nos ha vuelto de piedra y el valor se nos ha extinguido, y, quizá por ello, por una suerte de esquizofrénica empatía, tan solo nos conturbamos al ver cómo los monumentos milenarios son demolidos por los martillos o los muros de esta Europa nuestra, tan desbaratada ya de moral, comienzan a enfeblecer por los ataques de las bestias.

A esos pobres niños sirios los supongo ya angelitos en el cielo; mientras que nosotros, sin embargo, tan egoístas y abobados como siempre, tan anublados y envilecidos, habremos de pagar nuestra maldad y nuestra cobardía.

Mirlo blanco, cisne negro

Aún ahora, cuando ese páramo de acedía literaria que he venido atravesando parece haber quedado atrás, las palabras se me antojan como perforadas de carcoma, recubiertas por la herrumbre o socarradas en las brasas del desánimo que, aunque febles y como soterradas, calcinan todo aquello con que se encuentran. La estilográfica se me cae de entre los dedos y se queda como muerta, exangüe sobre el folio inmaculado, como un cadáver tieso sobre el manto albo de la nieve. Pero este Mirlo blanco que de Prada ha publicado viene como a reparar las alas averiadas de mi numen, a insuflarle un nuevo aliento y lanzarla lejos, allá hasta las alturas, desde las que habrá de susurrarme confidencias y cavilaciones. Y es que la última novela del autor zamorano es, sin duda —y que me disculpen los de Baracaldo—, una vez más, ese salvífico viático con que los amantes de las Letras nos sostenemos en esta suerte de zahúrda que es el panorama literario hodierno; si acaso el protector capote con que habremos de lidiar, pobres de nosotros, los morlacos asnados, desnudos de trapío, de belleza y de metáforas nutricias que la sociedad de hoy vomita por sus chiqueros editoriales. Pues una vez más, como digo, juan Manuel nos muestra cómo el alma ha de volcarse en unas líneas y nutrirlas con una hondura a la vez rozagante y enriquecedora, o cómo el escritor no ha de rendir nunca su vocación ni entregarse a los dictados de aquellos que desean domeñarlo, volverlo pastueño, aguachirle y muy correcto, para que tan solo escriba vacuidades inofensivas y no advierta a sus lectores de las asechanzas y amenazas que se ciernen sobre él, de modo que el chorlito del lector siga ajeno a su propio derribo.

            En este caso, con esa prosa suya casi bautismal —pues arroja luz sobre nosotros y nos lleva a un mundo más dichoso—, Juan Manuel nos trae a Alejandro Ballesteros, un joven escritor de provincias, de inocencia todavía indemne y coruscante, que se llega hasta Madrid con la esperanza un tanto quimérica de ganarse un puesto en el parnaso literario, donde habitan quienes visten de sueños las imaginaciones de los demás y algún que otro mentecato afortunado. Aunque pronto aquel parnaso se le hará maltrecho y con aluminosis, pues una vez allí, en esa capital de la impostura en que el oropel oculta las miserias, donde los escritorzuelos más hebenes y modositos se atiborran de canapés y de las zurrapas que les chupetean a las viejas y aclamadas glorias, Alejandro descubrirá que el talento es a menudo preterido, desterrado a los camaranchones más oscuros de las editoriales o cubierto de silencio, para que fenezca en aquellos anaqueles que el lector nunca visita, quizá porque el seso se lo ha ido dejando en las mesas donde se alternan, como prostitutas en burdel, esas novedades que nos van llegando. Y descubrirá también, sí, con hondo pesar, que tan solo aquellos que liban las zurrapas de los jefes y lengüetean los calzones del Sistema consiguen, al fin, frotar cebolleta en ese mercadeo de exaltadas vanidades y talentos extinguidos que conduce al éxito.

            Es en esta parte primera de la novela donde nos encontramos con los momentos más hilarantes y con las puyas más cachondas y heridoras —y donde la prensa más estragadora, que menudea en vaguedades y en anécdotas, ha ocupado el tiempo en escrutar espuma y en divagar sobre no sé qué siniestra venganza del autor, al que imaginan rellenado de rencor y de acerbos sentimientos, cuando en realidad no es más que pena y alipori—. Pero es tras ella cuando descubrimos a ese de Prada que se remete en las almas y excita las conciencias; que escaria las entrañas y te envuelve en esa búsqueda incesante de verdad, belleza y bien con que el arte verdadero siempre se preñó; o te deja entre las tripas una cuna de emociones, donde medrarán con el gozoso recuerdo de las páginas que allí hicieron nido. Pues el Octavio Saldaña que en ese instante nos presenta es, quizá, y con permiso de la Santa Teresa que tan magníficamente nos presentó Juan Manuel en su Castillo de diamante, o de aquella Sor Lucía que zarandeaba voluntades en Morir bajo tu cielo, el mejor personaje de cuantos le hayan salido de esa cornucopia inagotable que el autor tiene por caletre; de ese caletre que nos brinda siempre, para sonrojo y envidia de cuantos escribimos —o juntamos letras, en realidad—, instantes de una brillantez inextinguible y recuerdos que jamás perecerán. Pues ya nunca se nos morirá ese Octavio histrión y vocinglero, a la vez jocoso e iracundo, cuya estrella literaria, tal vez porque consintió que la vocación se le fuese de putas o se envileciera con el deletéreo bebedizo de la fama, se le quedó prendida en el pasado y hoy malogra su presente; ese Esténtor enfurecido que, desde ese programa de radio donde mordisquea la rabia que lo reconcome y yugula su verdadera vocación, berrea a un tiempo las verdades del barquero y propina zurriagazos a un Sistema que detesta; ese genio locoide, grandullón y furibundo, sí, como un Welles emberrinchado, a quien el talento le pega brincos en el pecho, allá entre las costillas bien guarneciditas de manteca, para escapar de los barrotes en que ha sido retenido y luchar por esa redención que se le niega; ese Octavio, en fin —y discúlpeseme la letanía—, que se come a quien le ama y se cisca en quien denuesta, tal vez porque el fracaso en que yace se le ha tornado como en cáncer contagioso. Como tampoco se nos morirán Nieves y Paloma, las amadas de Saldaña y Alejandro, respectivamente, a las que vemos refulgir de cuando en vez, temulentas de un amor por el que luchan, o zozobrar en ocasiones, hartas de ese amor que las confunde, cuando el amado se les enceguece y se envisca en ese tremedal espeso y tantas veces opresivo que para ellos es la Literatura. Pues esa relación entre dicente y maestro en que se embarcan Alejandro y Saldaña se convertirá para todos ellos en un carrusel de muy vívidas emociones, en un tráfago que a menudo es zurriburri y otras veces cobra tintes de deliquio. Pues muy pronto comprenderán que la tutela con que Octavio pretende prestigiar a Ballesteros es una transfusión de sangre ya podrida. Y así, entre zurriburris y desmayos extáticos, entre barullos y arrobamientos la vida se les va poniendo a todos del revés, convertida en un viaje mórbido que empodrecerá las ilusiones de unos y echará por la borda los afanes de redención de otros, ignaros de que ésta sólo se halla renegando del pecado.

            Reconozco, sí, sin rebozo y con la boca como plato, mi total incapacidad para penetrar hasta las honduras de Mirlo blanco, cisne negro. Pero ello no empece para constatar el error —o la venal malignidad— en que han incurrido críticos y recensionistas de todo jaez, empeñados en caricaturizar la obra y convertirla en un vómito del autor, para el que, según ellos, el rencor actúa como emético. Pues en Mirlo blanco, cisne negro no existe esa venganza afrentosa que tantos han querido vislumbrar ni intento alguno por cobrarse piezas ya fenecidas. Más al contrario, es la defensa de la cierta vocación —esa suerte de simiente que el Señor nos siembra en las almas como a modo de guía cartográfica— lo que anida entre las páginas de la novela y lanza desde allí sus trinos, para recordarnos que la humilde aceptación de los dones que se nos han entregado es el mejor morral con que pertrecharnos para la senda que nos queda por delante.

Cabe aquí decir, además, que si bien es cierto que Ballesteros puede pasar como el trasunto un tanto boniato de aquel de Prada casi enteco y jovenzuelo que ganó el Planeta; o Saldaña como un sosias cabroncete y agusanado de aquel Juan Manuel que en cierta época olvidó el amor por las Letras con que se nutría y optó por travesías más televisivas y errabundas —aunque en ese errático e infértil período (según declaraciones del propio autor) no dejé yo de encontrar en él a un hombre preclaro y superior, capaz de poner en bolas al Poder y mostrarnos las miserias y los embelecos que éste oculta tras los atavíos— , no lo es menos que el verdadero fin de tales personajes es el de mostrarnos los errores y miserias que nos anublan y enceguecen en ocasiones, cuando ciertas aspiraciones insanas se nos enquistan en el cerebelo o en el corazón —o allá donde se enquisten las insanas aspiraciones— y terminan por virarnos el recto rumbo.

Pero basta ya de tanta farfolla y tan huera digresión, ¡caramba!, que a usted, estimado lector, lo tengo harto machacado. Así que concluyamos de una vez la glosa y la laudatio; finiquitemos los abstrusos circunloquios; rematemos esta como interminable gavilla de encomios que no alcanzan a describir los gozosos hallazgos con que nos topamos en la novela y dejémonos de monsergas. Limitémonos, pues, entonces, a poner fin a estas líneas que una estilográfica aún balbuciente ha bosquejado; que un Mirlo blanco aguarda por ustedes. Y en él, sin duda, hallarán esa belleza que muchos tan solo logramos soñar.

Gervasio López

Imagen  —  Publicado: 28 enero, 2017 en Uncategorized
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Un amanecer más

Publicado: 25 mayo, 2016 en Uncategorized

Los amaneceres despertaban siempre resabiados y sin novedad, empachados de una lenta monotonía lenta que semejaba despanzurrarse por sobre todo y enterrarlo en su hartazgo. Ese día, como tantos otros, en su veraniego albor se aposentarían amenazas de canícula, naranjas revoltosos y unos rojos que se hacían casi incandescentes; el aire acogería en su regazo esas brumas matinales que le dan un aspecto un tanto trémulo, como enfermo de dipsomanía; y una suerte de lumbre en ciernes afloraría tras el horizonte para posarse sobre la ciudad, en ese instante adormecida o todavía acogotada por la resaca.
Al levantarse de la cama, las sábanas quedarían como un nido espachurrado o hecho añicos por el viento, amnésicas de aquel calor que antaño les atemperara el algodón. La televisión del dormitorio continuaría vomitando sangre, crueldad y enfermedades del alma; y su luz, para entonces un tanto periclitada, daría a la habitación un aspecto como de tanatorio o de catafalco.
Como el resto de los días, nada habría ya que hacer ni que esperar; pues, desde que ella se fuera y lo dejara solo, los días se le pasaban con una lentitud casi reptante, sepultados bajo una rutina que se le hacía losa y hasta baldón, o refugiados en las remembranzas de un pasado que se le antojaba remotísimo. Los silencios lamerían todo nuevamente, pero por entre algún recoveco de la vivienda aún se le aparecerían ciertas sombras que semejaban llamarlo a voz en grito, tal vez para escarnecerlo por aquella dolorosa oquedad que le estomagaba las entrañas.
Más tarde, tras un aseo breve y un tanto esmirriado —o nostálgico de las suciedades que se le iban avecindando entre las arrugas—, aquel hombre desayunaría apenas un bizcocho y un café; pero, antes de engullirlo, el café se le pondría frío y el bizcocho se le desmigajaría entre los dedos indecisos, ya viejos o envaguecidos por la monotonía y por la artrosis. Al saborear los escombros del desayuno, una mueca de aburrimiento se le estatuaría en los labios y se los dejaría desmayados o moribundos, inservibles para la sonrisa, para los besos y para la charla, como un visaje de cartón. Luego, cuando ya el calor le hubiese desgalichado el pelo y dejado la coronilla como el plumaje de un morrión, cuando la camisa ya mostrase los estragos de un sudor enfurecido y se le pegase al cuerpo, saldría a pasear un rato por entre las callejas del mercado, donde las gentes parecían haberse fosilizado, o por las calles aledañas a la plazuela, donde aún persistía cierto sabor a tradición y los recuerdos comenzaban a desperezarse. Y allí, entre harto y fatigado, pegaría el culo a algún banco astroso y cojitranco y contemplaría cómo las palomas, también astrosas y cojitrancas, paseaban sus mutilaciones en un ardid petitorio que casi siempre resultaba hebén. Les arrojaría entonces las migajas de aquel bizcocho huidizo y aguardaría un rato, hasta la una o hasta las dos, o hasta que el hambre se le refugiara entre las tripas y se las escariase con las uñas.
Regresaría luego al apartamento para comer alguna cosa, saldría de nuevo a pasear y de vuelta otra vez a casa —que aún tendría aspecto de tanatorio o de catafalco—, para meterse en el coleto los restos de una comida que tal vez hubiese criado ya una costra de abandono o como de soledad.
Por la noche el ritmo enlentecido del ventilador le susurraría escenas ya pretéritas, de un pasado que se le antojaba remotísimo, hasta que el sueño se le echara encima y lo aplastara con los cascotes de unos recuerdos ya difusos. Pero tal vez el sueño, pensaba siempre, le trajese nuevas ilusiones y alguna novedad; tal vez, incluso, el amanecer siguiente abandonaría aquellos resabios con que le amortajaba la existencia; y quizás, quien sabe, tras zamparse los escombros del desayuno, hallaría a alguien en aquel banco astroso y cojitranco desde el que observaba a las palomas mutiladas; alguien, sí, dispuesto a llenar de nuevo aquella dolorosa oquedad que le estomagaba las entrañas.

Entre intereses y principios

Publicado: 29 julio, 2014 en Uncategorized

En esta España nuestra, tan destartalada y huera de principios, la probidad, quizá por inhabitual, o los ataques a este sistema aturdidor y oprobioso que nos gobierna, donde los principios se nos han vuelto yertos, sofocados por los abstrusos matojos del relativismo capitalista, vienen a ser respondidos con toda clase de insultos, iras y pretericiones. Así, quien ose criticar los trampantojos que la plutocracia planta ante nosotros, o ese solipsismo narcisista en que yacemos, por ejemplo —que nos descalabra y nos obliga a avecindarnos en una suerte de negritud del alma—, verá cómo de inmediato es linchado por una muy extensa caterva de afines al poder, a quienes el tiempo se les vuelve falto para mostrar los dientes y los más inicuos afanes. Y así, en esta sucesión de probidad e iniquidad, acontecen ciertos hechos bochornosos o descacharrantes con los que pasamos un buen rato.
Pues bien, acometo tal digresión por la respuesta, entre iracunda e infantil, que el señor Hermann Terstch ha regurgitado tras el artículo de Juan Manuel de Prada “Caiga su sangre sobre nosotros”, en que el magnífico apologeta católico desvela las pamemas que se ocultan tras las intervenciones de ciertos prescriptores y tertulianeses liberales, hoy aglutinados en “una patulea que se pone cachonda con el sonsonete de la extensión de la democracia”. Y es que mientras a estos prescriptores se les empina el bálano con el derrocamiento de dictadores árabes o el derecho a la autodefensa de Israel, las vocecillas de chisgarabís se les silencian ante la masacre de que son objeto los cristianos, cuya muerte es sepultada por la faramalla progre y relativista que nos aturde desde los medios de comunicación.
Así, de resultas de este tan fantástico y esclarecedor artículo, digo, el señor Tersctch, como un mocoso emberrinchado a quien los mocos se le zarandean de uno a otro lado, sacudidos por los zamarreos del enfado, revela en un “tuit” de esos el acuerdo entre irenista y bobalicón al que llegó con Bieito Rubido, Director de ABC, mediante el cual se comprometía a no responder a los intolerables asertos del novelista, que tantas urticarias y recidivas pruriginosas deben de provocarle por entre el tegumento genital. Pero Juan Manuel de Prada, tan reacio siempre a parapetarse tras poderes acomodaticios o a silenciar sus defensas del Catolicismo, no unció yugo alguno a su pluma y escribió el dichoso artículo, lo que renovó la incómoda picazón del periodista e hizo que le sobreviniera el cabreo. Es entonces cuando Terstch lo acusa de urdir majaderías, de soberbia rufianesca y de no sé cuántas lindezas más. Y, como es natural en esta sociedad nuestra, tan destartalada y huera de principios, donde el rebuzno del borrico acalla la voz del sabio, surge al albur de tal comentario un rimero inagotable de infamias y afrentas contra el escritor, al que imagino, sin embargo, ya advertido de antemano y un tanto impávido, pues son muchos los zurriagazos que le llevan arreado estos últimos tiempos.
Por ello recuerdo ahora unas palabras que escribí hace tiempo, que me resisto a sustraer de esta reflexión:
“Con su ejemplo, alienta a quien otrora guardaba un entre medroso y lamentable silencio. Con valentía, apela a nuestro orgullo de cristianos y nos invita a alzar la voz ante los muchos ataques que sufrimos; nos anima a dejar atrás esa lenidad inveterada que manteníamos por piedad o por una errática concepción de las buenas formas y a defender, con arrojo y determinación, aquello en lo que creemos. Con las frases que le brotan de la pluma, con aquellas que le afloran al discurso, Juan Manuel marca un camino, aparta los matojos y lo asenderea para muchos. Sigámosle, pues, y ayudémosle a desbrozar.”
Y es que, estimado Juan Manuel, la moral cristiana es una muy incómoda compañera, que excita contriciones y suscita muy escasas filiaciones, mucho más proclives éstas a sumarse a quien detenta el poder y hace mal uso de él. Pero es, sin duda, una de las mejores compañías que se han de disfrutar. Y aunque el señor Terstch se me antoja un tanto acerbo, vitriólico, bilioso o aquejado de úlceras estomacales, prolijo en malas digestiones y fecundo, quizás, en peores intenciones, quizá llegue a meditar algún día sobre unas palabras que tú mismo pronunciaste, cuando aseguraste que “quien defiende intereses acostumbra a denostar a quien defiende principios”.
Sigue así, por tanto, estimado Juan Manuel, que muchos lo agradecemos en verdad.

De inocuidades e iniquidades

Publicado: 17 junio, 2014 en Uncategorized

 En ocasiones, ciertas barahúndas como de corral gallináceo ocultan, tras un abstruso velo de aspavientos y cacareos, hechos o propuestas que bien merecerían un detenimiento para su atinada elucidación. En este caso, lo que ha pasado un tanto de matute tras el abstruso velo de calamitosas declaraciones que ha tendido la abdicación del monarca, ha sido la vergonzante petición de los inspectores de hacienda, en la que solicitan a nuestros prebostes la inmediata legalización de las drogas blandas y de la prostitución.
Aseguran nuestros probos inspectores, tan preocupados ellos por el cochambroso devenir que nos auguran, que una medida tal lograría una como ubérrima fuente de ingresos para las horras y maltrechas arcas estatales, y lograría, además, reducir ese afán jardinero de nuestro gobierno, tan dado a las podas y a los trasmochos. Se enconan en aclarar, asimismo, que con ello advendría una suerte de arcadia feliz donde prostitutas y camellos deambularían, urgidos y conturbados, por entre el prolijo bosque que siembra la administración, dispuestos a abonar los tan gravosos impuestos con que este estado nuestro, tan voraz como atomizado, nos escamotea el alma y el mendrugo. Y así, tras pagar el óbolo y emerger de entre lo profundo, prostitutas y camellos podrían disfrutar de una cada vez más postrera, incierta y esmirriada jubilación, contribuirían a esta pamema ya develada del estado del bienestar y permitirían, con sus ingresos encochinados, el sostenimiento del despiporre político.
Olvidan, sin embargo, nuestros probos inspectores, lo que Hanna Arendt dio en llamar “banalidad del mal” en su libro Eichmann en Jerusalén, y que no es sino la apoteosis de la obcecación y del más rendido vasallaje, encarnada en esa burocracia lacayuna que se empeña en cumplir las órdenes de sus jefecillos y obvia, quizá por hipócrita higiene mental, las nefandas consecuencias que provienen de ellas. Soslayan, así, las siniestras tenebrosidades que se retrepan tras las acechanzas del maligno y se ciscan en ese tan lógico aserto que asegura, con la atinada lucidez que atesora y demuestra siempre la más inveterada tradición, que lo nocivo no ha de ser jamás auspiciado por la legislación, sino que ésta ha de propender a la erradicación de todo aquello que se nos muestra como de tal jaez. Y aunque algunos inverecundos legisladores se empeñan en desmentir esta afirmación y moldearnos a su tan malbaratado antojo, e incluso tratan de convencernos de que lo pernicioso es inocuo, nosotros, sin duda más cabales, hemos de convenir que tras lo inocuo acostumbra a parapetarse lo inicuo. Pues, ¿Qué bien ha de hallarse en acordar que las drogas y las putas pasen a ese estatus disparatado en que se ha convertido el marco normativo, donde lo legal semeja hacerse bueno como por ensalmo? ¿Acaso no nos sumen en un estado malogrado donde la volición y las más bajas pulsiones se anteponen al discernimiento? ¿Acaso basta el interés crematístico para la abolición del bien? ¿Acaso ya no importan esas mujeres tristes, a las que nos traemos con engañifas y promesas para cercenarles la dignidad? ¿O es que el Estado ha dimitido de la lucha por los derechos de los más desfavorecidos?
Pero acaso sea eso lo que nuestros cochambrosos politicastros pretenden: convertirnos en las escurrajas vergonzantes de cuanto antaño fuimos y dejarnos yertos de moral, para que, sumidos entre porquerías, nos refocilemos contra los cascotes de lo que un día fue cristiano, hoy ya recubierto por el légamo guarro del relativismo. Salvaremos, sin embargo, a este estado nuestro, tan trastabillado, que entre putas y camellos tendrá las arcas llenas, anegadas de monedas con las que satisfacer derroches y adormecer conciencias.

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