Entre intereses y principios

Publicado: 29 julio, 2014 en Uncategorized

En esta España nuestra, tan destartalada y huera de principios, la probidad, quizá por inhabitual, o los ataques a este sistema aturdidor y oprobioso que nos gobierna, donde los principios se nos han vuelto yertos, sofocados por los abstrusos matojos del relativismo capitalista, vienen a ser respondidos con toda clase de insultos, iras y pretericiones. Así, quien ose criticar los trampantojos que la plutocracia planta ante nosotros, o ese solipsismo narcisista en que yacemos, por ejemplo —que nos descalabra y nos obliga a avecindarnos en una suerte de negritud del alma—, verá cómo de inmediato es linchado por una muy extensa caterva de afines al poder, a quienes el tiempo se les vuelve falto para mostrar los dientes y los más inicuos afanes. Y así, en esta sucesión de probidad e iniquidad, acontecen ciertos hechos bochornosos o descacharrantes con los que pasamos un buen rato.
Pues bien, acometo tal digresión por la respuesta, entre iracunda e infantil, que el señor Hermann Terstch ha regurgitado tras el artículo de Juan Manuel de Prada “Caiga su sangre sobre nosotros”, en que el magnífico apologeta católico desvela las pamemas que se ocultan tras las intervenciones de ciertos prescriptores y tertulianeses liberales, hoy aglutinados en “una patulea que se pone cachonda con el sonsonete de la extensión de la democracia”. Y es que mientras a estos prescriptores se les empina el bálano con el derrocamiento de dictadores árabes o el derecho a la autodefensa de Israel, las vocecillas de chisgarabís se les silencian ante la masacre de que son objeto los cristianos, cuya muerte es sepultada por la faramalla progre y relativista que nos aturde desde los medios de comunicación.
Así, de resultas de este tan fantástico y esclarecedor artículo, digo, el señor Tersctch, como un mocoso emberrinchado a quien los mocos se le zarandean de uno a otro lado, sacudidos por los zamarreos del enfado, revela en un “tuit” de esos el acuerdo entre irenista y bobalicón al que llegó con Bieito Rubido, Director de ABC, mediante el cual se comprometía a no responder a los intolerables asertos del novelista, que tantas urticarias y recidivas pruriginosas deben de provocarle por entre el tegumento genital. Pero Juan Manuel de Prada, tan reacio siempre a parapetarse tras poderes acomodaticios o a silenciar sus defensas del Catolicismo, no unció yugo alguno a su pluma y escribió el dichoso artículo, lo que renovó la incómoda picazón del periodista e hizo que le sobreviniera el cabreo. Es entonces cuando Terstch lo acusa de urdir majaderías, de soberbia rufianesca y de no sé cuántas lindezas más. Y, como es natural en esta sociedad nuestra, tan destartalada y huera de principios, donde el rebuzno del borrico acalla la voz del sabio, surge al albur de tal comentario un rimero inagotable de infamias y afrentas contra el escritor, al que imagino, sin embargo, ya advertido de antemano y un tanto impávido, pues son muchos los zurriagazos que le llevan arreado estos últimos tiempos.
Por ello recuerdo ahora unas palabras que escribí hace tiempo, que me resisto a sustraer de esta reflexión:
“Con su ejemplo, alienta a quien otrora guardaba un entre medroso y lamentable silencio. Con valentía, apela a nuestro orgullo de cristianos y nos invita a alzar la voz ante los muchos ataques que sufrimos; nos anima a dejar atrás esa lenidad inveterada que manteníamos por piedad o por una errática concepción de las buenas formas y a defender, con arrojo y determinación, aquello en lo que creemos. Con las frases que le brotan de la pluma, con aquellas que le afloran al discurso, Juan Manuel marca un camino, aparta los matojos y lo asenderea para muchos. Sigámosle, pues, y ayudémosle a desbrozar.”
Y es que, estimado Juan Manuel, la moral cristiana es una muy incómoda compañera, que excita contriciones y suscita muy escasas filiaciones, mucho más proclives éstas a sumarse a quien detenta el poder y hace mal uso de él. Pero es, sin duda, una de las mejores compañías que se han de disfrutar. Y aunque el señor Terstch se me antoja un tanto acerbo, vitriólico, bilioso o aquejado de úlceras estomacales, prolijo en malas digestiones y fecundo, quizás, en peores intenciones, quizá llegue a meditar algún día sobre unas palabras que tú mismo pronunciaste, cuando aseguraste que “quien defiende intereses acostumbra a denostar a quien defiende principios”.
Sigue así, por tanto, estimado Juan Manuel, que muchos lo agradecemos en verdad.

Faramalla ideológica

Publicado: 24 julio, 2014 en Uncategorized

“como entiendo que eso del consenso es una memez propia de tibios, y que la tolerancia no es sino la única virtud de quien no se avecinda en unos firmes principios, me andaré sin miramientos y sin medias tintas, defenderé con denuedo aquello en lo que creo y escribiré lo que me plazca, sin temor a pretericiones y apartamientos”

Quizá podamos convenir, si acaso hueros de esa faramalla ideológica que nos aturde las meninges, en que el estado de las cosas del común viene a ser entre calamitoso y moribundo, como acechado por toda clase de estrecheces y peligros; quizá todos veamos que la pátina que antaño recubría al Estado, sin duda fúlgida por el afán con que nos lo inocularon hace tiempo, luce hoy resquebrajada y cochambrosa, amustiada ya por los alifafes que sobrevienen a todo bicho viviente al frisar la senectud; quizá acordemos que el oprobioso e inicuo relativismo con que nos embadurnamos resulta por completo vergonzante e intolerable; y quizá —y discúlpeseme el abundamiento o la tan grosera tautología—, entendamos todos que esta democracia que nos hemos dado ha degenerado en una suerte de banquete orgiástico para políticos y prebostes varios que, alentados por las serventías que les consentimos, se abalanzan sobre la presa ignara e inadvertida, también mazorral, pastueña y bobalicona, para zampársela por entero y empacharse con el tuétano de los más finos huesecillos.
Sin embargo, pese a ser capaces de alcanzar tales acuerdos, donde sin duda brota el disenso y la más aguardentosa diatriba es, como en casi todo, al inferir ilaciones y esbozar remedios, pues es entonces cuando vienen a esplender los injertos que politicastros y prebostes varios, émulos de Goebbels y diletantes de la propaganda más cochina y mentecata, nos han incrustado en el cerebelo. Ya sea por el advenimiento de algún coletas esmirriado, por las injustas medidas de un gobierno pacato y mendaz o por un laicismo crudelísimo y beligerante, hogaño dedicado a coartar libertades y derechos, el enfrentamiento surge en un repente y se incrusta con fijeza, hasta impedir cualquier acercamiento o cualquier empeño buenista.
Y así, en ese justo instante de vaciamiento intelectual en que incurrimos, como toreros emasculados o folclóricas corretonas nos salimos por peteneras del convenio antes citado y nos enviscamos en la mutua increpación. Farfullamos, entonces, algún topicazo archisabido, recitamos la alfalfa dialéctica que nos han endilgado nuestros próceres y discutimos con quien sea sin recato y sin sentido, hartos de tanto diálogo ecuménico y de sensatas locuacidades. Nos fortificamos en la discusión, férreos en nuestras tesis, pero por esa atávica inobservancia de la Retórica, por ese brote encabronado que nos sale de entre las tripas y nos ensucia los belfos con las escurrajas del denuesto, esta sociedad nuestra hociqueará entre el légamo que asperjen las más altas instancias del poder y se sumirá para siempre entre sus guarrerías.

Ante esto hay quien asegura que los ánimos han de templarse, que el perdón ha de otorgarse como por ensalmo, sin que medie contrición, propósito de enmienda o penitencia reparadora; y que el consenso, elevado ya por muchos a los devocionarios del ateo, ha de presidir la acción de todos. Pues bien; como entiendo que eso del consenso es una memez propia de tibios, y que la tolerancia no es sino la única virtud de quien no se avecinda en unos firmes principios, me andaré sin miramientos y sin medias tintas, defenderé con denuedo aquello en lo que creo y escribiré lo que me plazca, sin temor a pretericiones y apartamientos.
No pretendo hallar aquí, en esta serie de textos que hoy comienzo, aprobación alguna de los pocos que esto hayan de leer, sino bosquejar, acaso de un modo en exceso somero —válgame la contradictio in terminis—, mi opinión sobre la deriva perniciosa en que se ha metido este país, sobre el odio cobardón que lleva a clausurar capillas o el rampante liberalismo que arremete contra el hombre.
Les espero, pues.

De inocuidades e iniquidades

Publicado: 17 junio, 2014 en Uncategorized

 En ocasiones, ciertas barahúndas como de corral gallináceo ocultan, tras un abstruso velo de aspavientos y cacareos, hechos o propuestas que bien merecerían un detenimiento para su atinada elucidación. En este caso, lo que ha pasado un tanto de matute tras el abstruso velo de calamitosas declaraciones que ha tendido la abdicación del monarca, ha sido la vergonzante petición de los inspectores de hacienda, en la que solicitan a nuestros prebostes la inmediata legalización de las drogas blandas y de la prostitución.
Aseguran nuestros probos inspectores, tan preocupados ellos por el cochambroso devenir que nos auguran, que una medida tal lograría una como ubérrima fuente de ingresos para las horras y maltrechas arcas estatales, y lograría, además, reducir ese afán jardinero de nuestro gobierno, tan dado a las podas y a los trasmochos. Se enconan en aclarar, asimismo, que con ello advendría una suerte de arcadia feliz donde prostitutas y camellos deambularían, urgidos y conturbados, por entre el prolijo bosque que siembra la administración, dispuestos a abonar los tan gravosos impuestos con que este estado nuestro, tan voraz como atomizado, nos escamotea el alma y el mendrugo. Y así, tras pagar el óbolo y emerger de entre lo profundo, prostitutas y camellos podrían disfrutar de una cada vez más postrera, incierta y esmirriada jubilación, contribuirían a esta pamema ya develada del estado del bienestar y permitirían, con sus ingresos encochinados, el sostenimiento del despiporre político.
Olvidan, sin embargo, nuestros probos inspectores, lo que Hanna Arendt dio en llamar “banalidad del mal” en su libro Eichmann en Jerusalén, y que no es sino la apoteosis de la obcecación y del más rendido vasallaje, encarnada en esa burocracia lacayuna que se empeña en cumplir las órdenes de sus jefecillos y obvia, quizá por hipócrita higiene mental, las nefandas consecuencias que provienen de ellas. Soslayan, así, las siniestras tenebrosidades que se retrepan tras las acechanzas del maligno y se ciscan en ese tan lógico aserto que asegura, con la atinada lucidez que atesora y demuestra siempre la más inveterada tradición, que lo nocivo no ha de ser jamás auspiciado por la legislación, sino que ésta ha de propender a la erradicación de todo aquello que se nos muestra como de tal jaez. Y aunque algunos inverecundos legisladores se empeñan en desmentir esta afirmación y moldearnos a su tan malbaratado antojo, e incluso tratan de convencernos de que lo pernicioso es inocuo, nosotros, sin duda más cabales, hemos de convenir que tras lo inocuo acostumbra a parapetarse lo inicuo. Pues, ¿Qué bien ha de hallarse en acordar que las drogas y las putas pasen a ese estatus disparatado en que se ha convertido el marco normativo, donde lo legal semeja hacerse bueno como por ensalmo? ¿Acaso no nos sumen en un estado malogrado donde la volición y las más bajas pulsiones se anteponen al discernimiento? ¿Acaso basta el interés crematístico para la abolición del bien? ¿Acaso ya no importan esas mujeres tristes, a las que nos traemos con engañifas y promesas para cercenarles la dignidad? ¿O es que el Estado ha dimitido de la lucha por los derechos de los más desfavorecidos?
Pero acaso sea eso lo que nuestros cochambrosos politicastros pretenden: convertirnos en las escurrajas vergonzantes de cuanto antaño fuimos y dejarnos yertos de moral, para que, sumidos entre porquerías, nos refocilemos contra los cascotes de lo que un día fue cristiano, hoy ya recubierto por el légamo guarro del relativismo. Salvaremos, sin embargo, a este estado nuestro, tan trastabillado, que entre putas y camellos tendrá las arcas llenas, anegadas de monedas con las que satisfacer derroches y adormecer conciencias.

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La navaja inglesa

            En ocasiones he dicho que escribir una novela histórica —o de ambientación histórica, por así decirlo, que en disquisiciones tales, por no salir descalabrado, renuncio a involucrarme— es, o al menos debiera serlo, el sincero intento de reconstruir cuantos vestigios han quedado recubiertos por la broza de la desmemoria o arrasados —y discúlpeseme la frívola pesantez— por los un tanto menos vergonzantes yermos de la ignorancia. Y en ese intento de rehabilitar lo antiguo, lo que hogaño se nos muestra tan distante y hasta demolido por el tiempo, el autor ha de reverdecer los paisajes que describe, insuflar a sus protagonistas una vida cuasi cierta, acendrada, libre de esos rasgos hodiernos que les malbaratan la credibilidad —y que a la postre son una suerte de escorias o excrecencias—, y sacar lustre a esa pátina de solemne antigüedad que hermosea cuanto éstos ven en derredor. Viene a ser tal ejercicio, o eso se me antoja a mí, un acercamiento subrepticio a lo lejano, un abrir una rendija hacia el pasado y entremeterse por ella, un “plantarse en el antaño” para contemplar, furtivos, aquietados y en silencio, cuanto sucedía por entonces.

            Muchos, sin embargo, quizá huérfanos de ese don que tildamos de talento, o sumidos en una cierta pereza descriptiva, trazan un paisaje yerto o como inane, donde unos personajes también inanes merodean por entre escenarios desvaídos, faltos de color y de detalle, en los que el autor se inmiscuye de un modo entre grotesco y violento. Parlotean estos personajes un idioma nuevo e increíble, preñado de neologismos y de voces sin sentido, y a un tiempo, quizás por abundar en el error narrativo, se remejen por estancias apenas esbozadas o desguarnecidas de verosimilitud, por lugares desdibujados que la escasa documentación de su fautor no ha llegado a definir. Así, y de resultas de este esfuerzo enclenque y mazorral, estos literatos de baratillo y de como hastiada intelectualidad terminan por perpetrar horteradas sin cuento, con las que, de un modo entre ladino y deshonesto, urden un trampantojo para el inadvertido y confiado lector.

            La navaja inglesa, sin embargo, que José de Cora viene de publicar con Tropo Editores —y vayamos de una vez al grano, que de digresión ya voy sobrado—, nada tiene de esto último. En ésta, el autor lucense nos describe el Madrid de entre 1773 y 1780, cuando, traspasado por un irrefrenable afán constructor, el rey Carlos III decide acometer la ejecución de las obras del Salón del Prado y mudar, por fin, el tan malbaratado aspecto de la ciudad. Pero es éste un Madrid birrioso y escalofriado, con las aspiraciones amputadas por los muchos sobresaltos que le salen al camino; y mientras las piedras que habrán de conformar la fuente de la Cibeles se blanquean, se escarifican y se pulen, también se escarifican las honras y los tegumentos genitales.

            Así, durante la construcción de la hoy tan conocida fuente, y como colofón a una Pascua que ya entonces comienza a ser desdeñada por las penitencias que en ella se infligen los devotos, aparece el cadáver emasculado del joven Dosindito, un rapaz casi angélico, pero de familia hecha añicos, que a todo el mundo hacía bien. Días después, Lorenzo Chacón, el arquitecto encargado de las obras, hallará en las tierras removidas que circundan la fuente la bolsa escrotal del muchacho.

            Comienza entonces un reguero como incesante de groseras y generosas circuncisiones que Dámaso Mayorga, el encargado de la investigación, tratará de frenar con la muy singular y erudita ayuda del sacerdote D. Juan Francisco de Castro, a la sazón Vicario General del Obispado de Lugo, y la preclara sagacidad que de forma puntual le presta el joven arquitecto Chacón.

            Concurren en la historia María Luisa de Parma, Princesa de Asturias, a quien la Corte se le hace sosa; Cenarrusa, la “oreja del rey”, siempre atento al contubernio y al direte; los marqueses de Curazzo, tan dispares ellos; los barones de Esteiro Labandal; el conde de Sanchezcapitán, Goomer Astudillo, homosexual impenitente y frivolón; o el negro Tomás, entre otros, un Borbón bastardo y muy oscuro que semeja hacer fortuna con el cimbrel. Y concurre, además, salpimentando de sudor la trama, un casi extenuante y muy democrático goteo de fornicaciones varias, para entonces prohijado por el pervertido magisterio con que el Marqués de Sade preñaba las sociedades de la época.

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Introducción
Quizás, mi pésima opinión sobre la literatura patria pueda verse a medias influida por mi vis un tanto decimonónica o por el carácter como carca de que blasono; quizás me sienta un pelín nostálgico o aquejado por ese carácter pesimista, a veces taciturno, que se va prendiendo en mi pechera con el decurso de los años; o, quizás, sí sea cierto que este mundo de las letras españolas, hoy vaciadas o desguarnecidas, no es más que un páramo desolador y aburridísimo, envilecido por desvelos crematísticos y por modas como correcaminos, que comba los estantes con su peso plúmbeo y entreteje sus urdimbres con la cochambre de este mundo progre, buenista y bobalicón que nos ha tocado vivir. Hoy, la Literatura ha dimitido de la búsqueda de la verdad, de la extática belleza que se encuentra allá donde miremos o del natural afán por escrutar las almas de los hombres, aspectos éstos muy presentes en los literatos de generaciones anteriores. Ya tan solo importan las historias, el quedar prendido a ellas —enganchado, casi enviscado en una cinta atrapamoscas—, deambular por entre una lectura fácil y a la postre mazorral y pasar el rato como entontecido. Las prosas de nuestros autores tienen un atractivo yerto o ausente; y con ellas no se busca sino urdir un argumento intrincado, probablemente morboso y anticlerical, con el que se pretende satisfacer unas ansias lectoras cada vez más infrecuentes y llenar de broza las sendas del conocimiento.
Pese a ello —y discúlpenseme las generalizaciones en que injustamente incurro— aún hay ciertos oasis salvíficos y ubérrimos, millonarios de palmeras y de tesoros por descubrir, a los que el náufrago lector, ya para entonces derrengado y afligido, casi en ciernes moribundo, puede arribar a la ribera, sacudirse las mojaduras del hastío y solazarse nuevamente en la lectura.
Uno de estos oasis salvíficos y ubérrimos —o exuberantes atolones, que para el caso es lo mismo— es Juan Manuel de Prada, a quien tengo, y discúlpeseme la imprecisa salutación encomiástica, por el mejor escritor español de los últimos “taytantos” años. Como casi todo el mundo, salvo aquellos privilegiados cuyos rostros esplendieron con una lectura casi en conciliábulo de su hoy recóndito Coños, conocí a Juan Manuel a través de su libro de relatos El silencio del patinador y de su monumental, por sólida y egregia, no por extensa, Las máscaras del héroe, novela en que el autor hurgaba entre la mugre, a veces coruscante, de ciertos escritores de bohemia en ristre, metáfora ensoberbecida y anisete en grandes cantidades —escorzo un tanto aquí La tempestad, con la que mereció el otorgamiento del premio Planeta y que a mí, quizás porque las expectativas eran demasiado elevadas, me dejó un regusto algo agraz.

 

Los comienzos: las siniestras tenebrosidades
En Las máscaras del héroe, Juan Manuel indagó en las más oscuras y siniestras tenebrosidades de la psique malherida, en los sueños malhadados de los desfavorecidos y en esas eflorescencias guarras que acostumbran a ensuciar los frontispicios de los ensoberbecidos. Trazó para ello una historia como de carnaval o fruto de tramoya desquiciada; una historia de desechos, de vidas en añicos y de voluntades malbaratadas que ya esbozara en uno de los relatos de El silencio del patinador, por la que deambulan, vocingleros, errabundos y arrojados al fracaso, un largo e insólito catálogo de criaturas con los tuétanos y el corazón casi fenecidos. Nos presentaba allí a escritores alocados, arribistas frente a todo, desharrapados y vacíos, y los colocaba en situaciones que ya se han enquistado en nuestra mente ad aeternum.
Con el tiempo, las pesquisas por estos andurriales como harapientos de la Literatura los continuó Juan Manuel, para lustre de la Lengua hispana, con su obra Las esquinas del aire, donde tres entusiastas de los libros—en uno de ellos casi se advierte un trasunto del propio autor—, transidos de embeleso o urgidos por una como divina encomienda, se inmiscuyen en un itinerario casi espeleológico para develar qué aconteció con Ana María Martínez Sagi, poetisa y feminista de preguerra que intentó romper con lo atávico y tradicional; y con “Desgarrados y excéntricos”, fantástico tratado donde desfilan, como brotados de una cornucopia ecléctica y disparatada, un vasto rimero de escritores, poeticastros y juntaletras que terminaron por ser arrumbados en algún cuartucho hoy olvidado por casi todos. Vendrían luego sus novelas La vida invisible, El séptimo velo y Me hallará la muerte, amén de los distintos volúmenes donde fue compendiando sus artículos de opinión y de sus dilucidadores ejercicios de rescate literario, con los que ayudó a reverdecer magníficas lecturas que hasta entonces se habían mantenido como ignaras o vetadas. Y con todas ellas, para solaz y disfrute de sus lectores, refrendó lo que entonces ya era para todos manifiesto.

 

Una prosa como de zoco abigarrado
La prosa de Juan Manuel tiene un no sé qué de zoco abigarrado, un catálogo como enciclopédico donde los recursos son inagotables, fruto de un talento que se antoja desmedido o brotado de un don cuasi celestial. En sus obras, el ripio se hace esencia y cobra carta de naturaleza, pues es en los rodeos en que se aventura, en los largos y prolijos circunloquios con que inicia sus capítulos o en sus muy sesudas digresiones donde brotan sus hallazgos y milagros. Sus novelas, a modo de remedio contra el hartazgo, la ignorancia o la monotonía, rompen la acedía literaria en que nos sumen otros autores. Nos embarca en una travesía a la vez pacífica y acechada de peligros; nos descubre un nuevo modo de escribir, donde un clasicismo redivivo, suntuoso, se ensucia el chaqué y se embarra las botas en el lodo de las imágenes más crudas; hermosea cada texto y lo entrevera con un ánimo jocoso, multitudinario de expresiones variopintas y jacarandosas; y, a la vez, ahonda en lo mollar, develando lo que otros solo llegan a esbozar. Y, sin embargo, a pesar de lo anterior, no ha conseguido recaudar ese reconocimiento unánime que en justicia le corresponde.
Quizás porque cometió un pecado imperdonable.

 

Llegan los ataques
Con sus primeros libros, su prosa como bronca encendió los entusiasmos de ese parnaso literario que se siente umbilical. El deje sicalíptico que patinaba sus novelas, tumultuario y como medio cochino, parecía presagiar una carrera afín a los dictados más modernos, progres y relativistas tan en boga hoy. Por aquel entonces Juan Manuel, desdeñoso del recato o como glotón de lo prohibido, semejaba merodear por entre las lindes del decoro y asomar un tanto la patita al otro lado. Se ufanaba en describir lo cochambroso, la carcoma que empodrece las sociedades de moral descalabrada o las decrepitudes más abruptas y desagradables. Y por ello, inadvertidos de qué se ocultaba tras la pátina de sus obras, esos próceres de las letras patrias lo izaron a las más altas cumbres y lo bañaron en halagos. Florecieron las prebendas y los piropos, abundaron los agasajos y las palabras de aliento, pero Juan Manuel, lejos de guarecerse en esas posiciones confortables que le brindaba el poder, se encaminó a una brega que habría de llevarle a ser víctima de vilipendios y deprecaciones. Antepuso su fe al oropel, domeñó los legítimos afanes de popularidad y ya no se detuvo en las paparruchas de otros. Desde entonces, su corajuda e indeclinable defensa del Catolicismo le ha servido para verse el lomo lanceado, malherido por los dardos vesánicos y maledicentes de quienes atacan a la Iglesia. Ha visto cómo le arreciaban los insultos, cómo se le tachaba de oráculo embaucador o era esquivado, casi driblado, por quienes en un inicio le arrojaban flores y le endilgaban abrazos confianzudos. Se ha visto un mucho preterido, pero no hay en su actitud pena, arrepentimiento u aflicción alguna. Sabe bien que esa es la cruz que ha de arrostrar, las duras consecuencias del férreo compromiso que adquirió; y aunque siempre hay a su lado ciertos cirineos —y discúlpeseme la analogía— que le sujetan el madero un tanto, es él quien soporta el estandarte sin mostrar signo alguno de marchitamiento o debilidad. Su lucha, siempre desdeñosa de las más melifluas posiciones o de los argumentos como de melindre —muy próximo me parece aquí a Flannery O´connor, escritora estadounidense que blasonaba de un catolicismo combativo y no se retrepaba tras los miedos habituales—, no deja nunca de excitar el rebrote de eritemas, sarpullidos y toda clase de erupciones purulentas en quienes defienden el aborto, la eutanasia, el relativismo u otras tropelías de esta nuestra sociedad desarraigada. Desconoce las trincheras protectoras que algunos excavan al ponerse de perfil, planta cara a los ataques y se lanza con valor, sin importarle las mellas o quebrantos que le inflijan, contra esa batahola inverecunda que arremete contra él. Pues, a la postre, es él quien arguye los más atinados razonamientos. A la postre, es él quien se sabe limpio.

 

Conclusión
Como fruto de benéficas casualidades o de una suerte de alquimia de lo biográfico, Juan Manuel concita en torno a sí, o al menos eso se me antoja, la facundia, bonhomía y genialidad de G.K. Chesterton, de quien tanto ha bebido, y ese cariz entre acerbo, peleón y a la par bondadoso del jesuita argentino Leonardo Castellani, cuyas obras ha recuperado para España. Amalgama ambos caracteres y les exprime lo nutricio y enjundioso; se erige en digno sucesor y explora las veredas que ellos abrieron. Y quizás sea esta grata mezcolanza, precisamente, la que le ayuda en su deambular y le insufla las fuerzas suficientes.
Sin duda, la pertinacia de Juan Manuel de Prada en su lucha contra este decurso cristofóbico actual seguirá haciéndole acreedor de un buen número de ataques y de apartamientos. Pero, con su ejemplo, alienta a quien otrora guardaba un entre medroso y lamentable silencio. Con valentía, apela a nuestro orgullo de cristianos y nos invita a alzar la voz ante los muchos ataques que sufrimos; nos anima a dejar atrás esa lenidad inveterada que manteníamos por piedad o por una errática concepción de las buenas formas y a defender, con arrojo y determinación, aquello en lo que creemos. Con las frases que le brotan de la pluma, con aquellas que le afloran al discurso, Juan Manuel marca un camino, aparta los matojos y lo asenderea para muchos.
Sigámosle, pues, y ayudémosle a desbrozar.

            Tras visionar, ya casi por enésima vez, el testimonio que el físico Nicolás Dietl ofreció sobre la Sábana Santa de Turín en el programa Sin tapujos, que a la sazón presentaba Eduardo García Serrano en la hoy casi desaparecida Intereconomía TV, me revelo incapaz de sustraerme al pugnaz afán de escribir unas pocas líneas sobre ello y volcar sobre el papel las muchas emociones que tan sentida intervención me suscitó. Y es que el discurso del señor Dietl es, amén de lúcido, elegante y esclarecedor, en extremo atinente a los días trastabillados que sobrevolamos.

            En la coda de su intervención —casi una suerte de brillante epitafio que, a la postre y a pesar de su obviedad, habrá de resonar en las meninges de quien lo escuche—, y tras disertar largamente sobre los muchos trampantojos que se urdieron con el único y vesánico fin de ocultar lo cierto, el físico asegura que el manto de cerril escepticismo que se cierne sobre la sagrada reliquia —el sintagma un tanto cursi es mío, no del eximio experto— no proviene de un sesudo ejercicio de discernimiento científico ni de la inadvertida deglución de tantas descabelladas teorías que se han tejido en torno a ella, sino a la insoslayable trascendencia del personaje al que remite y al ineluctable compromiso al que tal circunstancia, de asumir lo evidente, nos obliga.

            La nuestra es una sociedad descabezada, amenazada de derrumbe o en ciernes de demolición; pues los vetos y tabúes que ponían freno a los excesos han ido cayendo de uno en uno, abatidos por la modernidad y por el más rampante materialismo. La fe católica que nos servía de argamasa, hace ya tiempo que se ve achacosa o malbaratada por los alifafes, impedida para servirnos como de cuadernas y así aguantar los embates que sufrimos. Pero estos males de la salud no provienen de la senectud que  los ávidos de remozamientos puedan ver en la Iglesia, sino de las oprobiosas delicuescencias relativistas en que nos refocilamos y de los impedimentos que una moral recia nos presenta para el sostenimiento de esa ética acomodaticia que tanto deseamos. Hoy, somos una sociedad enferma; una sociedad que dimite de los preceptos que la constituyeron, que se refugia en caprichosas veleidades y eleva a trascendente lo que no es sino efímero y baladí; una sociedad que, como enviscada en una suerte de légamo o de cochina porquería —y discúlpeseme el abundamiento escatológico—, solo ansía dar cumplida satisfacción a sus afanes crematísticos, mundanos o sexuales, y arrasar las lindes morales antaño topografiadas.

            Así, entregados a un decurso tan deletéreo y pernicioso, fortificamos nuestras satisfechas posiciones y nos alejamos de rutas más salvíficas; asumimos que la vida es un jolgorio que hemos de prolongar sin recato y arrumbamos en el cuartucho de la desmemoria, con asombrosa inconsciencia, aquellos dogmas que trazaban nuestro camino. Finalmente, enceguecidos por el deseo, y por ello renuentes a dejarlo atrás, terminamos por dimitir de Dios.

            A la postre, importa poco qué se nos cuente o las muchas certidumbres que se nos planten ante nuestros ojos —hogaño casi ciegos—; y por mucho que se nos haga evidente la presencia de Dios habrá siempre quien la niegue sin desmayo, quien ciña un manto sobre la verdad y la oculte a los demás.

            Así, no hay modo alguno, en la actualidad, de reproducir la impronta que tantos siglos han contemplado ni de urdir tan verosímil y complejo embeleco. No había, por supuesto, en la antigüedad, los conocimientos necesarios para transcribir en el lienzo las para mí abstrusas complejidades del sistema circulatorio que se observan en él,  ni mente de tan conspicua clarividencia que fuese quien de imaginar las innumerables pruebas a las que hemos sometido el lienzo a fin de constatar su autenticidad —más bien, de demostrar su falsedad, pues no es éste sino el motivo que ha movido a muchos—. No hay, asimismo, rastro alguno que nos indique que lo que en la síndone se contempla pueda haber sido realizada por el hombre. Así pues, ¿a qué tanta duda?

            Es cierto que el resplandor de la verdad es en extremo fúlgido —y quizás por ello muchos renuncien a mirarla, por temor a verse lastimados en sus erráticas convicciones—, pero el deslumbramiento que provoca —tal vez debiera decir alumbramiento—no propicia sino una esclarecedora apertura de miras, una tan límpida que nos permite disfrutar de lo que en realidad importa y nos libra de esas escorias guarras que se nos han ido adhiriendo a la piel. 

            Si, por fin —y pongo ya término a tan extenuante digresión—, levantamos el cerril manto de escepticismo al que antes aludía, nos  hallaremos con la certeza de la Resurrección y, por ende, con la divinidad de nuestro Señor Jesucristo; y si así obramos, tal certidumbre nos golpeará en esos nuestros cimientos febles, ya destartalados o achacosos, sobre los que hemos construido esta vacua sociedad en que nos remejemos. Llegará luego, de resultas de lo anterior, un hombre nuevo, mucho mejor que el anterior, que trocará su vida como líquida por otra más atinada y guarnecida, como en intrincada y admirable urdimbre con aquello que realmente somos. Basta, tan solo, levantar ese velo aturdidor, observar cuanto se nos muestra y aceptar las evidencias. Apenas nada, si se quiere.

Aquí les dejo un artículo que el sacerdote D. Jorge López Teulón tuvo a bien publicarme en su blog Víctor in vinculis, alojado en la web Religión en libertad.  Muchas gracias, padre, por su amabilidad.

Los mártires de Sigüenza y Fernán Caballero

            En aquella España vitriólica y descacharrada de 1936, cuando ya las inminencias de la guerra encharcaban nuestras urbes con los primeros jugos de la putrefacción cadavérica, el asesinato de religiosos se tornó en placer extático y aliviadero de las más excrementicias pasiones. Mucho antes, incluso, de que se produjera el alzamiento del 18 de julio, o de que la pátina de brillantez republicana se resquebrajara y mostrase tras los añicos su vera faz —faz que se develó enfurecida y cochambrosa—, los ataques a la Iglesia Católica se acuñaban por doquier como cuartos de baratillo. Quien por entonces, enceguecido por la rabia y por el odio, blasonara de ideología carmesí y ansiara proclamar al mundo su rojiza filiación, no podía sustraerse a un insulto enrabietado, a las golpizas de los ensotanados o a las gregarias violaciones de alguna monja inadvertida —violaciones que, hace escaso tiempo, fueron festejadas con evidente alacridad por una escritora de fuste feminista y pluma tan mendaz como aquejada de estrabismo—. Las quemas de conventos y de iglesias se tornaron en deporte nacional; y un bonete, un rosario o un Cristo en piezas a cobrar y destruir, en víctimas de vilipendio y de profanación.

            Así, sumidos en ese anticlericalismo homicida que algunos tanto se ufanaron en propalar —especial relevancia cobró, entre otros, la revista Leviatán, panfleto liberticida y tiranoide dirigido a la sazón por el socialista Luis Araquistain—, muchos fueron los que se aplicaron con denuedo a tan salvaje tarea y dejaron, con ello, como remedando esas eflorescencias guarras que marchitan a las piedras ya vetustas, un baldón insoslayable en la historia de aquellos tenebrosos años.

            Tan extensa y triste digresión, con la que acaso he pretendido bosquejar el extenuante y enloquecido rimero de crímenes que se dio por aquel entonces, viene al caso de la reciente beatificación acaecida en Tarragona, donde se convocaron el recuerdo y el homenaje a 522 mártires de la fe católica. No obstante, por desbrozar un tanto el paisaje y no perderme en el tráfago de causas que allí se dirimieron, he decidido centrarme en la de los mártires de Sigüenza y Fernán Caballero, donde catorce seminaristas claretianos, un hermano de dicha orden y un joven sacerdote fueron fusilados.

            Sucedió la historia el 28 de julio de 1936, en los albores de un conflicto que pronto nos abasteció de cadáveres y de un poso denso de rencor que aún persiste. Leer el resto de esta entrada »