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            Tras la bruma que entrevera la negrura de la noche, casi siempre contagiados por musgos y desidia, se alzan, sempiternos y distantes, los cruceiros de Galicia; presidiendo, sobre varales de granito añoso, encrucijadas e incertidumbres, atrios de iglesia y vocaciones, o paradas funerarias y conciliábulos de brujas.

            Aún hoy, tras cientos de estudios e investigaciones, tras análisis sesudos y doctas tesinas etnográficas, artísticas e históricas; tras haber catalogado, incluso, más de 10.000 de ellos tan solo en esta Galicia nuestra, el origen y significado de los cruceiros permanece oculto para nosotros.

            A modo de hipótesis pragmática y recuperadora, Castelao, el hoy patrimonializado escritor gallego, lanzó una no demasiado descabellada teoría, según la cual, los cruceiros no son más que un intento de cristianizar los antiguos y abundantes miliarios romanos que calibraban calzadas, caminos y corredoiras de la geografía gallega. Otros autores y estudiosos, sin embargo, les atribuyen finalidades más “oscuras” y/o religiosas, como un modo de proteger esas encrucijadas amedrentadoras por las que transitaba el viajero gallego, tan proclives a la presencia de meigas y de trasgos, a compañas no muy santas y a congregaciones fantasmagóricas. Vendrían a ser, por tanto, un exorcismo anticipado de la zona, una profilaxis en piedra, o un cobijo, por divina intercesión, donde el viandante pudiera guarecerse de la malévola influencia de espíritus y demonios.

            Así, ante la cercanía de la tan aterradora Santa Compaña, y si la escapada por carrera no se vislumbraba exitosa ni prudente, no había más que agarrarse al fuste del cruceiro, rodearlo, incluso, si el valor era poco, con los brazos y las piernas, y encomendarse al Cristo, Santo o Virgen bajo cuya advocación se hubiese erigido el monumento. Si así se obraba y el varal no se soltaba en ningún momento, la comitiva fantasmal proseguiría su camino con sus cantos y sus rezos, y dejaría al asustado caminante en tan absurda y vergonzante posición. Leer el resto de esta entrada »

El códice calixtino

Posted: 29 octubre, 2011 in Patrimonio cultural

               

Letra minial del códice

El pasado mes de julio,  el Codex Calystinus, uno de los más importantes códices que se conservan en la actualidad, desapareció del Archivo catedralicio de Santiago de Compostela, donde se conservaba bajo la tutela y custodia del deán D. José María Díaz. Su robo ha sido para muchos el más grave menoscabo —o atentado— que ha sufrido el patrimonio cultural gallego desde sus orígenes. Por eso, como sentido —aunque tardío— homenaje, deseo realizar la glosa y descripción de lo que en él se contiene.

                Comencemos pues.

                Tras su aparición allá por el S. XII, el nombre de Codex Calystinus hace referencia a un conjunto de cinco libros que sirven de guía informativa o de manual a todos aquellos que quieren iniciarse en las fatigas y vicisitudes inherentes al Camino de Santiago, y a lo que éste ha supuesto a lo largo de la historia.

                Como su nombre indica, su autoría le ha sido atribuida al Papa Calixto II; y si bien es cierto que su nombre encabeza varios capítulos de la obra, y hasta una carta suya ejerce como prólogo o presentación, no lo es menos que las teorías sobre la existencia de diversos autores son las que gozan de mayor credibilidad. Aun hoy desconocemos la identidad de quienes pergeñaron o transcribieron tan magnífica obra —lo que le aporta el tan beneficioso añadido de misterio—. No obstante, todo el mundo académico conviene en la existencia de un compilador —o promotor— encargado de organizar los materiales preexistentes y dotarlos de entidad suficiente como conjunto, y no como la mera reunión de ciertos escritos dispares.

Calixto II

 

                Tal compilador pudo ser un monje cluniacense, un clérigo secular o, incluso, un goliardo, de los que tan disipada vida llevaban entonces. Pero hubo, además, un revisor o editor, cuyo papel se atribuye, casi de forma unánime, al francés Aymeric Picaud. Como fecha de compilación —aunque muchos lo datan con anterioridad— se ha convenido, asimismo, en el año 1160.

                Estructuralmente, el libro está compuesto por cinco libros menores, secciones o capítulos, que se articulan o argumentan de la siguiente forma:

  • Libro I. Se trata de un conjunto de sermones, textos litúrgicos y formularios necesarios para la liturgia de Santiago.
  • Libro II. Colección de 22 milagros atribuidos a la intercesión del Apóstol Santiago, alguno de los cuales se glosará en futuras entradas de esta bitácora.
  • Libro III, que relata las vicisitudes sufridas durante el traslado del cuerpo del Apóstol a Santiago, y que ya ha sido detallada en una entrada de este blog.
  • Libro IV, conocido como pseudo-Turpin, por atribuírsele al Arzóbispo de Reims, Turpin, a quien también se le concede la autoría del Historia Karoli Magni et Rhotlandi, donde se narra la expedición que el emperador francés realizó a Santiago, ribeteada, según los cánones  de la época, de tintes de cruzada y liberación de tierra conquistada.

    Libro IV, pseudo-turpin

 

  • Libro V, o Liber peregrinationis, formado por un breve tratado en el que se ofrece una serie de consejos morales, a modo de relato o de libro de viaje, para todo aquel que decida emprender el Camino. Este libro presenta una cierta singularidad, al haber sido desencuadernado y desgajado del libro IV, para, tras las siguientes raspaduras y sobreescrituras,  transformarse el libro quartus en quintus. En la actualidad, es la versión alterada la que se mantiene.

En este libro V, el autor se define como francés, previsiblemente de la región de Poitu, por la profusión de favores que a tal zona concede. Asimismo, la carta epílogo del Liber Sancti Iacobi, atribuida al Papa Inocencio II (1130-1143), cita a Aimeric Picaudus, junto a su compañera Gylberta Flandiensis, como el correo que trasladó el Codex calystinus a Compostela.

Códice Calixtino

Se incluye en este libro V una exhaustiva enumeración de los lugares sagrados que el peregrino se encuentra en el camino, a fin, según el propio autor confiesa, de “que los peregrinos, con esta información, se preocupen de proveer a los gastos de viaje, cuando partan para Santiago”; pues eran muchos ya los que viajaban con espíritu piadoso, votivo, penitencial, y hasta en cumplimiento de alguna pena legalmente impuesta por los tribunales de justicia. Los había, incluso, que viajaban por delegación o representación de aquellos más pudientes, previo cobro, por supuesto, de la correspondiente tarifa fijada a tal efecto. Uno de estos peregrinos por delegación fue Ambrosio de Morales, Cronista de Felipe II, que viaja en representación de éste, demasiado ocupado en tareas conquistadoras y expansionistas, y que realiza curiosas afirmaciones al respecto que en una futura entrada se detallarán.

                Hoy, el que ha sido estandarte del patrimonio cultural gallego —de la humanidad, en justicia—, se encuentra, y discúlpeseme el abuso de un manido cliché, en paradero desconocido. No queda, por tanto, sino esperar su pronta recuperación y regreso al cobijo donde durante tantos años permaneció. Muchos nos alegraremos enormemente por ello.

Instinto de superviviente

Posted: 15 octubre, 2011 in Personajes

Conocí a Darío Vilas hace poco más de dos años, mientras husmeaba en blogs, webs y foros varios donde cobijar mis balbucientes e inadvertidos textos. Por aquel entonces, y siempre acompañado de su buen amigo Senén Lozano, Darío andaba sentando las bases de lo que habría de ser una de las páginas web de referencia de ese terror patrio que tanto nos gusta: Horror Hispano. Y allí, tras un breve intercambio de comentarios y mails, y saciándome de perplejidades, agradecimientos e ilusiones, publicó mi relato “La belleza transformada”, una historia cojitranca y llena de errores a la que, pese a ello, guardo un tremendo cariño.

         Con el tiempo, mientras nuestra relación se iba cimentando y haciendo más honda, supe de su gran vocación literaria y de lo atinado de su prosa. Leí entonces “Imperfecta simetría”, donde se confabula con Rafa  Rubio para perpetrar una curiosa y magnífica colección de relatos en la que nos muestra lo acerado de su estilo y ese gusto suyo, tan peculiar como acusado, por conturbar al lector con imágenes y sensaciones. Vino después “La bruja lusa”, que tantas satisfacciones le ha deparado; y la más reciente “Piezas desequilibradas”, publicada por 23 escalones, donde abunda en ese agravio sensorial que solo los grandes autores son capaces infligir a sus lectores.

         Y es que uno se siente herido u ofendido si Darío así lo quiere; estremecido al hozar en los horrores que nos enseña; o conmovido ante las honduras de quienes transitan sus historias. Para finalmente, casi por ensalmo, rendirse ante el pujante talento de que se embebe cada una de sus frases.

         Atrás quedan un buen puñado de relatos que le han dado menciones y fans; un rosario sin cuento donde nos traslada la psique perturbada de sus personajes, un tropel de sentimientos enfrentados o la extenuante sensación de sentirse interpelado por el texto.

         Ayer salió a la venta su primera novela, “Instinto de superviviente”, publicada por Dolmen editorial.

Y lo que es un hecho gozoso por la alegría de un amigo, cobra, a un tiempo, tintes de hito o de futura efeméride. Pues al leer sus escritos, uno se ve sacudido por la certeza de hallarse ante uno de esos escritores que a cada paso sientan las bases de lo que está por venir.

De ahí que glose el lanzamiento de esta novela.

De ahí que me congratule tanto por ello.

Darío, mi más sincera enhorabuena.

 

Santiago el Mayor

Posted: 9 octubre, 2011 in Personajes

           

Santiago el Mayor

Santiago de Zebedeo, también llamado Santiago el Mayor, nació en Betsaida, Galilea, allá por el año 5 a.C., en el seno de una familia humilde compuesta por Zebedeo, y por Salomé. Fue hermano de Juan, también discípulo de Jesús, y con él contempló milagros como la resurrección de la hija de Jairo, la pesca milagrosa o la transfiguración en el monte Tabor. Fue testigo, también,  junto a siete de sus discípulos, de la aparición de la Virgen María en Zaragoza, quien, como testimonio de su aparición, dejó una columna de jaspe que desde aquella se conoce popularmente como el pilar.

            Tras la muerte y resurrección de Jesús, hacia el año 33 d.C., Santiago encaminó su predicación hacia Hispania e inició una larga singladura que le llevó a través del mediterráneo, las Columnas de Hércules  y la deshabitada costa de Portugal, hasta llegar a Gallaecia (actual Galicia), donde trasladó la palabra de Dios y fidelizó a un buen número de seguidores. Hay, también, quien arguye que arribó en Tarraco (Tarragona) e incluso en Carthago Nova (Cartagena). Sea como fuere, la teoría más aceptada es la de su llegada a tierras gallegas, así que a esa me ceñiré.

            Su viaje, como ya se ha mencionado, le llevó a pasar por las Columnas de Hércules, también llamadas de Heracles o de Melkart, y señaladas desde tiempos de los fenicios (el nombre de Melkart se le otorgó en honor a la divinidad fenicia de idéntico nombre) como el hito que establecía el fin del mundo, entonces situado en el Estrecho de Gibraltar. Más allá de esas columnas se abría lo recóndito, el Non Terrae plus ultra, también atribuido al enclave gallego conocido como Finisterre.

            Tan pomposa nomenclatura hace referencia a las montañas de Kalpe (Calpe), hoy identificada como el peñón de Gibraltar, que constituiría la columna Norte, y a la columna Sur, cuya identidad pretenden asumir por igual el monte Hacho, en Ceuta, de 204 metros de altitud, y el Monte Musa, en Marruecos, de 851 metros. Ha sido tanta su importancia simbólica, que el Rey Carlos I, a instancia de su consejero Luigi Marliano, decidió incluirlas como elemento exterior en su escudo de armas, entrelazadas por una faja en la que se observa la divisa Plus ultra. Posteriormente se eliminaron del escudo real, pero aún hoy aparecen en el de España.

Escudo institucional

 Martirio en Jerusalén

Santiago fue el primero de los mártires del Cristianismo. Hacia el año 43 d.C, tras haber participado en una prédica, es detenido por los hombres de Herodes Agripa I, Rey de Judea,  y martirizado en Jerusalén. En los Hechos de los Apóstoles se cuenta así:

Por aquel tiempo, el rey Herodes comenzó a perseguir a algunos de la iglesia. Ordenó matar a filo de espada a Santiago, el hermano de Juan; y como vio que esto había agradado a los judíos, hizo arrestar también a Pedro.

Hechos 12:1-3

 

            Se le ha llamado el Mayor para diferenciarlo de otro Apóstol, Santiago el de Alfeo, que recibía el sobrenombre de el Menor, por ser éste, dicen, más corto de estatura. También recibía el de bonaergués, o hijo del trueno, atribuido por el fuerte carácter que acostumbraba a demostrar. Pero si con alguno ha pasado a la historia, ha sido con el de Matamoros, acuñado tras su milagrosa aparición durante la batalla de Clavijo, en La Rioja, que algunos fechan el 23 de mayo de 844.

            La batalla de Clavijo se enmarca dentro de la Reconquista española, pero su motivación fundamental, exhaustivamente velada por la leyenda y la historiografía, fue la negativa de Ramiro I de Asturias a seguir pagando el tributo de las 100 doncellas, al que los árabes venían obligando a la nobleza española. Según las crónicas de la época, Santiago apareció en la batalla sobre un caballo blanco, cumpliendo con lo que había asegurado a Ramiro I la noche anterior, durante un sueño. Gracias a su irrupción, las tropas españolas, en clara desventaja numérica, pudieron vencer a los musulmanes y librarse del tan odiado tributo. Dos días después, en Calahorra, el rey dictaría el voto de Santiago, por el que se conminaba a los guerreros españoles a peregrinar a Santiago de Compostela y honrar el sepulcro con ofrendas y oraciones.

 

            En torno a este tributo se narra una historia desgarradora, según la cual, la familia de Simancas, a quienes les correspondía entregar a siete doncellas, cercenaron las manos de éstas en señal de protesta.

Si algún acontecimiento ha conformado el patrimonio cultural gallego, éste es, sin ninguna duda, el descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago y la subsiguiente consideración de la ciudad como lugar de peregrinación. Tras el hallazgo y la instauración de la ruta jacobea, ya nada volvió a ser igual. Sin embargo, pese a la enorme importancia de semejantes hitos, el transcurso del tiempo ha sumido aquellos días entre brumas, leyendas e ignorancias.

Hoy en día, quizás debido a la distancia, quizás por el descreimiento de muchos, vemos tal suceso como algo simplemente curioso, digamos anecdótico; y somos incapaces de concederle ni un atisbo de la importancia que entonces tuvo. Se le reoja, casi sin querer; o se le reduce a un mero atractivo turístico al que asediar a fotografías; obviando que, por aquel entonces, fue lo que sirvió para amalgamar una confesión, articular un país y conectarlo con el exterior, y promover una de las mayores y más importantes rutas culturales de la humanidad.

De un modo sucinto, la creencia general —atiborrada de mitos, por supuesto— es la que sigue:

Tras la muerte de Santiago el Mayor a manos de Herodes Antipas I, allá por el año 44 de nuestra era, dos de sus más fervientes discípulos, Atanasio y Teodoro, recogieron los restos de su mentor e iniciaron una larga singladura que los habría de llevar desde el puerto de Jaffa, en Palestina, hasta las tierras gallegas de Iria Flavia (actual Padrón, en las cercanías de Santiago de Compostela). Al llegar allí, y tras haber depositado el cuerpo de Santiago sobre una enorme piedra con forma de altar, solicitaron la ayuda y colaboración de la que acaudillaba la zona, una mujer de férreo carácter y aparentes encantos que recibía el llamativo nombre de Reina Lupa.

Confiados en que el concurso de la mujer les iba a resultar favorable, los dos hombres la requirieron para que les facilitase un lugar adecuado donde inhumar al apóstol y así darle sagrada sepultura. La Reina, sin embargo, artera y falsaria, les aconsejó que visitaran a Regulus, sumo sacerdote del Ara solis, uno de los más importantes cultos paganos, en las inmediaciones de Fisterra; tras asegurarles que éste les ayudaría de buen grado y les otorgaría los terrenos requeridos. Su consejo, sin embargo, no ocultaba más que malas intenciones.

Cuentan que uno de los primeros milagros del apóstol al llegar a Galicia, fue el que surgió tras ser depositado sobre aquel altar putativo. Al instante, quizás por procurarse protección, los restos de Santiago se fundieron con la piedra y quedaron alojados en su interior. Y fue esto, precisamente, lo que captó sobremanera la atención de la reina Loba.

Para desgracia e infortunio de los dos buenos cristianos, Regulus, soslayando peticiones y palabras, no se avino a los deseos de los futuros santos y los encarceló en una fortaleza de la que era regente. Por la noche, sin embargo, mientras la muerte les rondaba el seso, ya sea por intervención divina o apostólica, una puerta se abrió entre los gruesos muros del fortín y les permitió la huida.

Mientras esto sucedía, otro milagro acontecía en Castro Lupario: La Reina, maravillada por el extraño suceso del altar, se dirigió con sus fuertes hacia allí. Este, sin embargo, ante la amenaza que ello suponía, se elevó por los aires y se dirigió hasta la cumbre del llamado Pico sacro, la montaña que rasgaba el cielo de la comarca, dejando a la reina y a sus hombres demudados y sin botín.

Pico Sacro

Pico Sacro

 

Tras su huída, Atanasio y Teodoro, inadvertidos y confiados por bondad y naturaleza, acudieron nuevamente a Doña Lupa, dispuestos a renovar sus peticiones sepulcrales.

También por segunda vez, supongo que también por naturaleza, la reincidente Lupa quiso valerse de ellos y los envió al Pico sacro, donde, según les aseguró, les esperarían unos bueyes de los que proveerse para transportar el sepulcro del apóstol hasta donde ellos gustaran. Los animales, sin embargo, no eran más que toros salvajes que campaban a sus anchas por los cerros y las lomas; y, por tanto, sumamente remisos a dejarse uncir los cuellos por un yugo de madera. Así las cosas, nada presagiaba un buen fin para los discípulos de Santiago. Sin embargo, cuando éstos llegaron al pico, y armados con el único símbolo de la cruz, rindieron las agresividades de las bestias y los volvieron dóciles y pastueños. Cuentan que el mismo efecto tranquilizador tuvo sobre un dragón que les había salido al paso, pero en esto no hay unanimidad ni precisión, así que no abundaré en ello.

En ese instante, tras haber sido testigo de tales prodigios, Lupa se convirtió al Cristianismo y ofreció su palacio como alojo para el sepulcro apostólico. Atanasio y Teodoro, sin embargo, decidieron que los toros caminasen a su albur, sin rumbo específico, hasta dar con lo que habría de ser el asentamiento definitivo.

Fue así como llegaron a Libredon, donde, en un lugar que recibiría el nombre de Ars marmoricis —por el arca donde los discípulos guardaron las reliquias—, depositaron los restos de Santiago.

Arca donde se guardan las reliquias

 

 

 

 

 

 

Siglos más tarde vendría el descubrimiento del Obispo Teodomiro, la instauración de la ruta jacobina y el gran desarrollo cultural que el sepulcro propició. Pero eso, como en los cuentos y leyendas, es otra historia.

Patrimonio cultural 1

Posted: 18 septiembre, 2011 in Patrimonio cultural

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Personaje 1

Posted: 18 septiembre, 2011 in Personajes

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