Introducción
Quizás, mi pésima opinión sobre la literatura patria pueda verse a medias influida por mi vis un tanto decimonónica o por el carácter como carca de que blasono; quizás me sienta un pelín nostálgico o aquejado por ese carácter pesimista, a veces taciturno, que se va prendiendo en mi pechera con el decurso de los años; o, quizás, sí sea cierto que este mundo de las letras españolas, hoy vaciadas o desguarnecidas, no es más que un páramo desolador y aburridísimo, envilecido por desvelos crematísticos y por modas como correcaminos, que comba los estantes con su peso plúmbeo y entreteje sus urdimbres con la cochambre de este mundo progre, buenista y bobalicón que nos ha tocado vivir. Hoy, la Literatura ha dimitido de la búsqueda de la verdad, de la extática belleza que se encuentra allá donde miremos o del natural afán por escrutar las almas de los hombres, aspectos éstos muy presentes en los literatos de generaciones anteriores. Ya tan solo importan las historias, el quedar prendido a ellas —enganchado, casi enviscado en una cinta atrapamoscas—, deambular por entre una lectura fácil y a la postre mazorral y pasar el rato como entontecido. Las prosas de nuestros autores tienen un atractivo yerto o ausente; y con ellas no se busca sino urdir un argumento intrincado, probablemente morboso y anticlerical, con el que se pretende satisfacer unas ansias lectoras cada vez más infrecuentes y llenar de broza las sendas del conocimiento.
Pese a ello —y discúlpenseme las generalizaciones en que injustamente incurro— aún hay ciertos oasis salvíficos y ubérrimos, millonarios de palmeras y de tesoros por descubrir, a los que el náufrago lector, ya para entonces derrengado y afligido, casi en ciernes moribundo, puede arribar a la ribera, sacudirse las mojaduras del hastío y solazarse nuevamente en la lectura.
Uno de estos oasis salvíficos y ubérrimos —o exuberantes atolones, que para el caso es lo mismo— es Juan Manuel de Prada, a quien tengo, y discúlpeseme la imprecisa salutación encomiástica, por el mejor escritor español de los últimos “taytantos” años. Como casi todo el mundo, salvo aquellos privilegiados cuyos rostros esplendieron con una lectura casi en conciliábulo de su hoy recóndito Coños, conocí a Juan Manuel a través de su libro de relatos El silencio del patinador y de su monumental, por sólida y egregia, no por extensa, Las máscaras del héroe, novela en que el autor hurgaba entre la mugre, a veces coruscante, de ciertos escritores de bohemia en ristre, metáfora ensoberbecida y anisete en grandes cantidades —escorzo un tanto aquí La tempestad, con la que mereció el otorgamiento del premio Planeta y que a mí, quizás porque las expectativas eran demasiado elevadas, me dejó un regusto algo agraz.

 

Los comienzos: las siniestras tenebrosidades
En Las máscaras del héroe, Juan Manuel indagó en las más oscuras y siniestras tenebrosidades de la psique malherida, en los sueños malhadados de los desfavorecidos y en esas eflorescencias guarras que acostumbran a ensuciar los frontispicios de los ensoberbecidos. Trazó para ello una historia como de carnaval o fruto de tramoya desquiciada; una historia de desechos, de vidas en añicos y de voluntades malbaratadas que ya esbozara en uno de los relatos de El silencio del patinador, por la que deambulan, vocingleros, errabundos y arrojados al fracaso, un largo e insólito catálogo de criaturas con los tuétanos y el corazón casi fenecidos. Nos presentaba allí a escritores alocados, arribistas frente a todo, desharrapados y vacíos, y los colocaba en situaciones que ya se han enquistado en nuestra mente ad aeternum.
Con el tiempo, las pesquisas por estos andurriales como harapientos de la Literatura los continuó Juan Manuel, para lustre de la Lengua hispana, con su obra Las esquinas del aire, donde tres entusiastas de los libros—en uno de ellos casi se advierte un trasunto del propio autor—, transidos de embeleso o urgidos por una como divina encomienda, se inmiscuyen en un itinerario casi espeleológico para develar qué aconteció con Ana María Martínez Sagi, poetisa y feminista de preguerra que intentó romper con lo atávico y tradicional; y con “Desgarrados y excéntricos”, fantástico tratado donde desfilan, como brotados de una cornucopia ecléctica y disparatada, un vasto rimero de escritores, poeticastros y juntaletras que terminaron por ser arrumbados en algún cuartucho hoy olvidado por casi todos. Vendrían luego sus novelas La vida invisible, El séptimo velo y Me hallará la muerte, amén de los distintos volúmenes donde fue compendiando sus artículos de opinión y de sus dilucidadores ejercicios de rescate literario, con los que ayudó a reverdecer magníficas lecturas que hasta entonces se habían mantenido como ignaras o vetadas. Y con todas ellas, para solaz y disfrute de sus lectores, refrendó lo que entonces ya era para todos manifiesto.

 

Una prosa como de zoco abigarrado
La prosa de Juan Manuel tiene un no sé qué de zoco abigarrado, un catálogo como enciclopédico donde los recursos son inagotables, fruto de un talento que se antoja desmedido o brotado de un don cuasi celestial. En sus obras, el ripio se hace esencia y cobra carta de naturaleza, pues es en los rodeos en que se aventura, en los largos y prolijos circunloquios con que inicia sus capítulos o en sus muy sesudas digresiones donde brotan sus hallazgos y milagros. Sus novelas, a modo de remedio contra el hartazgo, la ignorancia o la monotonía, rompen la acedía literaria en que nos sumen otros autores. Nos embarca en una travesía a la vez pacífica y acechada de peligros; nos descubre un nuevo modo de escribir, donde un clasicismo redivivo, suntuoso, se ensucia el chaqué y se embarra las botas en el lodo de las imágenes más crudas; hermosea cada texto y lo entrevera con un ánimo jocoso, multitudinario de expresiones variopintas y jacarandosas; y, a la vez, ahonda en lo mollar, develando lo que otros solo llegan a esbozar. Y, sin embargo, a pesar de lo anterior, no ha conseguido recaudar ese reconocimiento unánime que en justicia le corresponde.
Quizás porque cometió un pecado imperdonable.

 

Llegan los ataques
Con sus primeros libros, su prosa como bronca encendió los entusiasmos de ese parnaso literario que se siente umbilical. El deje sicalíptico que patinaba sus novelas, tumultuario y como medio cochino, parecía presagiar una carrera afín a los dictados más modernos, progres y relativistas tan en boga hoy. Por aquel entonces Juan Manuel, desdeñoso del recato o como glotón de lo prohibido, semejaba merodear por entre las lindes del decoro y asomar un tanto la patita al otro lado. Se ufanaba en describir lo cochambroso, la carcoma que empodrece las sociedades de moral descalabrada o las decrepitudes más abruptas y desagradables. Y por ello, inadvertidos de qué se ocultaba tras la pátina de sus obras, esos próceres de las letras patrias lo izaron a las más altas cumbres y lo bañaron en halagos. Florecieron las prebendas y los piropos, abundaron los agasajos y las palabras de aliento, pero Juan Manuel, lejos de guarecerse en esas posiciones confortables que le brindaba el poder, se encaminó a una brega que habría de llevarle a ser víctima de vilipendios y deprecaciones. Antepuso su fe al oropel, domeñó los legítimos afanes de popularidad y ya no se detuvo en las paparruchas de otros. Desde entonces, su corajuda e indeclinable defensa del Catolicismo le ha servido para verse el lomo lanceado, malherido por los dardos vesánicos y maledicentes de quienes atacan a la Iglesia. Ha visto cómo le arreciaban los insultos, cómo se le tachaba de oráculo embaucador o era esquivado, casi driblado, por quienes en un inicio le arrojaban flores y le endilgaban abrazos confianzudos. Se ha visto un mucho preterido, pero no hay en su actitud pena, arrepentimiento u aflicción alguna. Sabe bien que esa es la cruz que ha de arrostrar, las duras consecuencias del férreo compromiso que adquirió; y aunque siempre hay a su lado ciertos cirineos —y discúlpeseme la analogía— que le sujetan el madero un tanto, es él quien soporta el estandarte sin mostrar signo alguno de marchitamiento o debilidad. Su lucha, siempre desdeñosa de las más melifluas posiciones o de los argumentos como de melindre —muy próximo me parece aquí a Flannery O´connor, escritora estadounidense que blasonaba de un catolicismo combativo y no se retrepaba tras los miedos habituales—, no deja nunca de excitar el rebrote de eritemas, sarpullidos y toda clase de erupciones purulentas en quienes defienden el aborto, la eutanasia, el relativismo u otras tropelías de esta nuestra sociedad desarraigada. Desconoce las trincheras protectoras que algunos excavan al ponerse de perfil, planta cara a los ataques y se lanza con valor, sin importarle las mellas o quebrantos que le inflijan, contra esa batahola inverecunda que arremete contra él. Pues, a la postre, es él quien arguye los más atinados razonamientos. A la postre, es él quien se sabe limpio.

 

Conclusión
Como fruto de benéficas casualidades o de una suerte de alquimia de lo biográfico, Juan Manuel concita en torno a sí, o al menos eso se me antoja, la facundia, bonhomía y genialidad de G.K. Chesterton, de quien tanto ha bebido, y ese cariz entre acerbo, peleón y a la par bondadoso del jesuita argentino Leonardo Castellani, cuyas obras ha recuperado para España. Amalgama ambos caracteres y les exprime lo nutricio y enjundioso; se erige en digno sucesor y explora las veredas que ellos abrieron. Y quizás sea esta grata mezcolanza, precisamente, la que le ayuda en su deambular y le insufla las fuerzas suficientes.
Sin duda, la pertinacia de Juan Manuel de Prada en su lucha contra este decurso cristofóbico actual seguirá haciéndole acreedor de un buen número de ataques y de apartamientos. Pero, con su ejemplo, alienta a quien otrora guardaba un entre medroso y lamentable silencio. Con valentía, apela a nuestro orgullo de cristianos y nos invita a alzar la voz ante los muchos ataques que sufrimos; nos anima a dejar atrás esa lenidad inveterada que manteníamos por piedad o por una errática concepción de las buenas formas y a defender, con arrojo y determinación, aquello en lo que creemos. Con las frases que le brotan de la pluma, con aquellas que le afloran al discurso, Juan Manuel marca un camino, aparta los matojos y lo asenderea para muchos.
Sigámosle, pues, y ayudémosle a desbrozar.

            Tras visionar, ya casi por enésima vez, el testimonio que el físico Nicolás Dietl ofreció sobre la Sábana Santa de Turín en el programa Sin tapujos, que a la sazón presentaba Eduardo García Serrano en la hoy casi desaparecida Intereconomía TV, me revelo incapaz de sustraerme al pugnaz afán de escribir unas pocas líneas sobre ello y volcar sobre el papel las muchas emociones que tan sentida intervención me suscitó. Y es que el discurso del señor Dietl es, amén de lúcido, elegante y esclarecedor, en extremo atinente a los días trastabillados que sobrevolamos.

            En la coda de su intervención —casi una suerte de brillante epitafio que, a la postre y a pesar de su obviedad, habrá de resonar en las meninges de quien lo escuche—, y tras disertar largamente sobre los muchos trampantojos que se urdieron con el único y vesánico fin de ocultar lo cierto, el físico asegura que el manto de cerril escepticismo que se cierne sobre la sagrada reliquia —el sintagma un tanto cursi es mío, no del eximio experto— no proviene de un sesudo ejercicio de discernimiento científico ni de la inadvertida deglución de tantas descabelladas teorías que se han tejido en torno a ella, sino a la insoslayable trascendencia del personaje al que remite y al ineluctable compromiso al que tal circunstancia, de asumir lo evidente, nos obliga.

            La nuestra es una sociedad descabezada, amenazada de derrumbe o en ciernes de demolición; pues los vetos y tabúes que ponían freno a los excesos han ido cayendo de uno en uno, abatidos por la modernidad y por el más rampante materialismo. La fe católica que nos servía de argamasa, hace ya tiempo que se ve achacosa o malbaratada por los alifafes, impedida para servirnos como de cuadernas y así aguantar los embates que sufrimos. Pero estos males de la salud no provienen de la senectud que  los ávidos de remozamientos puedan ver en la Iglesia, sino de las oprobiosas delicuescencias relativistas en que nos refocilamos y de los impedimentos que una moral recia nos presenta para el sostenimiento de esa ética acomodaticia que tanto deseamos. Hoy, somos una sociedad enferma; una sociedad que dimite de los preceptos que la constituyeron, que se refugia en caprichosas veleidades y eleva a trascendente lo que no es sino efímero y baladí; una sociedad que, como enviscada en una suerte de légamo o de cochina porquería —y discúlpeseme el abundamiento escatológico—, solo ansía dar cumplida satisfacción a sus afanes crematísticos, mundanos o sexuales, y arrasar las lindes morales antaño topografiadas.

            Así, entregados a un decurso tan deletéreo y pernicioso, fortificamos nuestras satisfechas posiciones y nos alejamos de rutas más salvíficas; asumimos que la vida es un jolgorio que hemos de prolongar sin recato y arrumbamos en el cuartucho de la desmemoria, con asombrosa inconsciencia, aquellos dogmas que trazaban nuestro camino. Finalmente, enceguecidos por el deseo, y por ello renuentes a dejarlo atrás, terminamos por dimitir de Dios.

            A la postre, importa poco qué se nos cuente o las muchas certidumbres que se nos planten ante nuestros ojos —hogaño casi ciegos—; y por mucho que se nos haga evidente la presencia de Dios habrá siempre quien la niegue sin desmayo, quien ciña un manto sobre la verdad y la oculte a los demás.

            Así, no hay modo alguno, en la actualidad, de reproducir la impronta que tantos siglos han contemplado ni de urdir tan verosímil y complejo embeleco. No había, por supuesto, en la antigüedad, los conocimientos necesarios para transcribir en el lienzo las para mí abstrusas complejidades del sistema circulatorio que se observan en él,  ni mente de tan conspicua clarividencia que fuese quien de imaginar las innumerables pruebas a las que hemos sometido el lienzo a fin de constatar su autenticidad —más bien, de demostrar su falsedad, pues no es éste sino el motivo que ha movido a muchos—. No hay, asimismo, rastro alguno que nos indique que lo que en la síndone se contempla pueda haber sido realizada por el hombre. Así pues, ¿a qué tanta duda?

            Es cierto que el resplandor de la verdad es en extremo fúlgido —y quizás por ello muchos renuncien a mirarla, por temor a verse lastimados en sus erráticas convicciones—, pero el deslumbramiento que provoca —tal vez debiera decir alumbramiento—no propicia sino una esclarecedora apertura de miras, una tan límpida que nos permite disfrutar de lo que en realidad importa y nos libra de esas escorias guarras que se nos han ido adhiriendo a la piel. 

            Si, por fin —y pongo ya término a tan extenuante digresión—, levantamos el cerril manto de escepticismo al que antes aludía, nos  hallaremos con la certeza de la Resurrección y, por ende, con la divinidad de nuestro Señor Jesucristo; y si así obramos, tal certidumbre nos golpeará en esos nuestros cimientos febles, ya destartalados o achacosos, sobre los que hemos construido esta vacua sociedad en que nos remejemos. Llegará luego, de resultas de lo anterior, un hombre nuevo, mucho mejor que el anterior, que trocará su vida como líquida por otra más atinada y guarnecida, como en intrincada y admirable urdimbre con aquello que realmente somos. Basta, tan solo, levantar ese velo aturdidor, observar cuanto se nos muestra y aceptar las evidencias. Apenas nada, si se quiere.

Aquí les dejo un artículo que el sacerdote D. Jorge López Teulón tuvo a bien publicarme en su blog Víctor in vinculis, alojado en la web Religión en libertad.  Muchas gracias, padre, por su amabilidad.

Los mártires de Sigüenza y Fernán Caballero

            En aquella España vitriólica y descacharrada de 1936, cuando ya las inminencias de la guerra encharcaban nuestras urbes con los primeros jugos de la putrefacción cadavérica, el asesinato de religiosos se tornó en placer extático y aliviadero de las más excrementicias pasiones. Mucho antes, incluso, de que se produjera el alzamiento del 18 de julio, o de que la pátina de brillantez republicana se resquebrajara y mostrase tras los añicos su vera faz —faz que se develó enfurecida y cochambrosa—, los ataques a la Iglesia Católica se acuñaban por doquier como cuartos de baratillo. Quien por entonces, enceguecido por la rabia y por el odio, blasonara de ideología carmesí y ansiara proclamar al mundo su rojiza filiación, no podía sustraerse a un insulto enrabietado, a las golpizas de los ensotanados o a las gregarias violaciones de alguna monja inadvertida —violaciones que, hace escaso tiempo, fueron festejadas con evidente alacridad por una escritora de fuste feminista y pluma tan mendaz como aquejada de estrabismo—. Las quemas de conventos y de iglesias se tornaron en deporte nacional; y un bonete, un rosario o un Cristo en piezas a cobrar y destruir, en víctimas de vilipendio y de profanación.

            Así, sumidos en ese anticlericalismo homicida que algunos tanto se ufanaron en propalar —especial relevancia cobró, entre otros, la revista Leviatán, panfleto liberticida y tiranoide dirigido a la sazón por el socialista Luis Araquistain—, muchos fueron los que se aplicaron con denuedo a tan salvaje tarea y dejaron, con ello, como remedando esas eflorescencias guarras que marchitan a las piedras ya vetustas, un baldón insoslayable en la historia de aquellos tenebrosos años.

            Tan extensa y triste digresión, con la que acaso he pretendido bosquejar el extenuante y enloquecido rimero de crímenes que se dio por aquel entonces, viene al caso de la reciente beatificación acaecida en Tarragona, donde se convocaron el recuerdo y el homenaje a 522 mártires de la fe católica. No obstante, por desbrozar un tanto el paisaje y no perderme en el tráfago de causas que allí se dirimieron, he decidido centrarme en la de los mártires de Sigüenza y Fernán Caballero, donde catorce seminaristas claretianos, un hermano de dicha orden y un joven sacerdote fueron fusilados.

            Sucedió la historia el 28 de julio de 1936, en los albores de un conflicto que pronto nos abasteció de cadáveres y de un poso denso de rencor que aún persiste. Leer el resto de esta entrada »

Donna angelica vs Donna diavola

Publicado: 10 septiembre, 2013 en Uncategorized

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Donna angelica vs Donna diavola, de Elena Montagud

            Tras una etapa como de acedía literaria, donde solo algunas obras clásicas —novelas imperecederas, coruscantes de talento y de una industriosa búsqueda de la belleza— pasaban un tiempo entre mis manos, retomo ahora mis afanes inveterados y regreso a ese ejercicio de la pesquisa que para mí resulta la escritura de recensiones. Tras esa etapa como de acedía literaria, digo —y discúlpeseme el abundamiento, pero esta suerte de vaga tautología siempre me ha parecido atractiva y eficaz—, y aún con ecos como atormentados resonando en mis meninges, renuevo lo que antaño fue un compromiso con las reseñas y encaro, entre deliquios de satisfacción, la de Donna Angelica vs Donna diavola, pequeño libro de relatos, de título anticipador, que Elena Montagud viene de publicar con Ediciones Nowtilus.

            Por hacerlo de un modo más minucioso o pormenorizado, quizás debiera glosar por separado cada uno de los textos que componen esta compilación, como asignándoles su parte alícuota u otorgándoles propia entidad. Sin embargo, y aun reconociéndoles una evidente autonomía que les haría merecer una mayor atención, he preferido tratarlos como un conjunto pétreo, disciplinado, donde actúan todos de consuno y se convierten en los hilvanes con que se urde una magnífica obra. Pues no es sino esto el libro que me ocupa: una fabulosa antología donde, de un modo sumamente vívido y  propincuo, desportillado de clichés y de censuras, se nos acerca al tema de la dualidad, a esa suerte de reflejos o de simetrías donde la limpidez se encara con el azogue resquebrajado.

            Muchos son los que han tratado en sus novelas de oponer el bien y el mal y develarnos sus más íntimos secretos. En un ejercicio un tanto remolón o superficial, esos muchos enfrentaban uno y otro bando; describían ambas condiciones, las obligaban a interactuar, a enseñarse los dientes y a darse golpes sin rebozo hasta que, rematado el tráfago de escenas y de coscorrones, la acción se decantaba y dirimía. Otros, sin duda más prolijos y atinados, los representaban como facies inseparables, como cara y cruz de una moneda, cercanos y distantes, a un tiempo unidos e irreconciliados. Elena, sin embargo, se desprovee de recato y se aventura más allá, pues en sus cuentos bien y mal se entreveran de un modo casi indiscernible, amalgamándose en confusa, en indisoluble y aherrojada unión. Ella entremezcla la esperanzada desolación con la esperanza desolada o abatida. Sus anfractuosos protagonistas, abigarrados de manías y de complejos, se han descabalgado de la realidad; pero a un tiempo, como debatidos en una esquizofrenia ontogénica o sobrevenida, le ciñen los correajes a su locura y le asenderean el camino. Y es que nada llano hay en la obra de la escritora valenciana. A la Montagud, no le basta entremeterse entre la cenicienta gama de grises con que otros dibujan, no; ella busca dotar a sus personajes de una ulterior y adicional dimensión, una en la que los caracteres adquieran profundidad más allá de lo evidente, apegándolos así, sin atisbo alguno de duda, a la cochambrosa y trastabillada sociedad que hemos dado en formar.

            En su prosa, un tanto desdeñosa de los rigores más canónicos y clasicistas, hay una vivacidad inmarcesible, una pujanza inagotable que asoma por entre las páginas y te impele a devorarlas con avidez, como arrastrado por el venero de emociones que suscita en uno. De sus frases se me antoja que dimanan como compases de trepidación; un ritmo en ciernes acaparador, que te empuja a proseguir, a dejarte llevar como en volandas, impulsado por la honesta ingenuidad de quien aún, a pesar de serlo, no se considera una gran autora. Pues el repeluzno escalofriado, el desprecio que genera en el lector lo relatado en Otredad, deja en éste un poso acibarado, denso de repugnancias y de incitaciones a la iracundia; la lujuria errática de Credibile est illi numen inesse loco, mayúscula de perversiones; la horrísona pesantez del remordimiento que inflige en sus amantes una chica de ojos grises; el amor descalabrado y crudelísimo que soporta un ángel mudo; o las siniestras tenebrosidades que pueden llegar a ocultarse tras el reverso de las palabras son muestras fehacientes de la indiscutible capacidad de Elena para colapsarnos con las emociones, una autora que, de un modo honesto, entre ingenuo e inadvertido, demuestra a cada paso el enorme talento que atesora.

Gracias, la última palabra

Publicado: 2 septiembre, 2013 en Uncategorized

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Gago de Val, José Luis: Gracias, la última palabra. Narcea SA de Ediciones, Madrid 2012. 212 pp. ISBN: 978-84-277-1828-9

Enceguecidos como estamos por el más rampante relativismo, atolondrados por los embelecos de ese placer deletéreo en que ansiamos zambullirnos, apenas nos apercibimos de que Dios está en nosotros, robusteciendo los más grandes pilares que nos sustentan e incluso ínsito, por insustanciales que éstas puedan parecer, en cada una de las pequeñas cosas que nos rodean. Y así, por inusuales y benéficos, son de agradecer los textos que el dominico José Luis Gago de Val dio en compilar, apenas un mes antes de su muerte, bajo forma de preces o alabanzas.

Creados como una suerte de coda que habría de poner fin a la programación diaria de la cadena COPE, los textos de D. José Luis conforman un rimero entre poético y sesudo de plegarias breves, una cornucopia inagotable de hondas reflexiones que semejan colmatarse, por la humildad y abajamiento que rezuman, con la más tierna bondad y un enorme amor a Dios. Pues hay en ellos ya no solo el tono canónico y rigorista que debiera esperarse del teólogo que fue, sino también un entrevero más humano, del que éste se embadurna al remembrar los aspectos más en apariencia irrelevantes de la vida, y que son, a la postre, aquellos donde el Señor nos muestra más vivamente su presencia; y hay también, por suerte, un poso que se adensa y sedimenta en el lector, como a modo de viático, que sin duda habrá de servirnos para el camino de la Fe.

San Francisco y Tierra Santa

Publicado: 2 septiembre, 2013 en Personajes, Uncategorized

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Vítores González, Artemio: Francisco de Asís y Tierra Santa. PPC, Editorial y Distribuidora, SA. Boadilla del Monte (Madrid) 2009. 127 pp. ISBN: 978-84-288-2403-3

Fray Artemio Vítores González, superior del convento de San Salvador, en Jerusalén, y Vicario de la Custodia de Tierra Santa, trae aquí una magnífica epopeya, la remembranza de unos hechos que habrían de resonar por siglos y mudarían la forma de entender las relaciones entre musulmanes y cristianos, cuando san Francisco de Asís, incendiado en amor a Dios, temulento de un afán martirial, se embarca hacia Tierra Santa, allá por 1219, para presentarse ante Malek el-Kamel, líder de los sarracenos, y predicar el santo Evangelio.

Nos traslada así una vívida semblanza de ese santo que muchos llamaron el alter Christus, que ansiaba —en palabras de san Buenaventura— “ofrecerse como hostia viva al señor, para incitar a los demás al amor divino”.

Pertrechado de una suerte de cornucopia documental y de una lógica que se intuye aplastante, fray Artemio logra defender con sumo tino la verosimilitud de una historia tantas veces negada y asentarse en ella para relatar la íntima relación de los “monjes de la cuerda” con Tierra Santa, de la que habrían de germinar grandes frutos y un venero inagotable de vocaciones.

Remata el libro con una muy cumplida descripción del carisma franciscano, que llevó a los miembros de la Orden a hacer del mundo su claustro y del radical cumplimiento del santo Evangelio su más ineluctable camino.

Así se vence al demonio

Publicado: 13 septiembre, 2012 en Personajes

Ilustración de la portada

 

            Vivimos en un mundo deshabitado de humanidad, en una suerte de marasmo envilecedor o confuso campo de Agramante donde la fe en Dios se ha visto descuajada casi por entero, desplazada a favor de una conciencia adormecida o como trocada, sin rebozo ni recato alguno, por ese decurso vital ominoso y enfangado que sucede al imperio de los más bajos instintos. Hoy, ya no buscamos sino satisfacer nuestros vicios y apetencias, declinar toda responsabilidad sobre nuestros actos y cesar en esa búsqueda de la trascendencia que nos alumbró a lo largo de tantos siglos. Es tan nulo nuestro afán de eternitud, que tan solo importa la inmediatez y el dar cumplida cobertura a las pulsiones caprichosas, egoístas y mundanas que esta sociedad descalabrada trata de insuflarnos, al tiempo que nos lleva a soslayar todos los vetos morales que la tradición y el Catolicismo nos vinieron dando. Y así, zambullidos en esa malévola negritud en que nos desenvolvemos, hemos dimitido de todo lo que nos hacía buenos, de todo cuanto nos hacía justos y dignos de Dios, de todo cuanto impedía que el Diablo embadurnase nuestras vidas.  En el colmo de la estupidez y del vaciamiento moral —quizás porque la culpa nos reconcome y precisamos de salvaguardas para nuestra aletargada conciencia—, nos hemos convencido de la inexistencia del Maligno y obviado el pernicioso influjo que ejerce sobre nosotros, lo cual, dicho sea de paso, acrecienta éste y nos reconcome aún más.

            Pese a ello, no hay sendero sin vuelta atrás ni baldón o pecado que no podamos expiar. Y así, salvífica y protectora, es cuando actúa la Divina Providencia, poniendo a nuestro alcance cuantos medios precisamos para ello y concediéndonos la fuerza suficiente para no desfallecer en el empeño.

            Uno de estos medios de la Providencia, elocuente como pocos y en absoluto baladí, por mucho que esos individuos anegados de inmoralidad pretendan preterirlo o vituperarlo, es el ensayo Así se vence al Demonio, del periodista e historiador José María Zavala, donde, a modo de compilación de crudelísimos testimonios, se compendia el sinfín de asechanzas y trampantojos que urde el Maligno para eterno socavamiento de nuestras almas inmortales. Exorcistas y exorcizados glosan aquí sus horripilantes experiencias; relatan episodios que producen no solo un intenso repeluzno, sino también una estremecedora sensación de vulnerabilidad y de sobrecogimiento, y desentrañan las espeluznantes circunstancias en que se desenvolvieron las posesiones demoníacas que les cambiaron la vida para siempre.

            Paradójicamente, semejante retahíla de funestos acontecimientos es también lo que trae sosiego y esperanza al lector, pues en todas ellas hay una enseñanza provechosa: No hemos de tener miedo; tan solo necesitamos encomendarnos al Señor.

            A pesar del enorme fervor con que profesa el Catolicismo y de la clara vocación didáctica y evangelizadora de Así se vence al demonio, José María Zavala hace gala de nuevo de la exquisita objetividad que acostumbra a esgrimir en todos sus textos, lo que le permite tomar distancia de lo narrado y evitar injerencias subjetivas que pudiesen suscitar la inquina o el escepticismo enojado de algunos. Y así como no incurre en la subjetividad, tampoco cae en ese pernicioso morbo con que se ha embadurnado el tema y que, a la postre, quizás como resultado de una añagaza más del demonio, ha terminado por frivolizarlo y así devenir en fruslería argumental de películas, esta vez sí, baladíes. Lamentablemente, tal es la descomposición del individuo actual, semejante ejercicio de ecuanimidad no bastará para esquivar las chanzas y denuestos de aquellos que toman esto a chirigota; muchos, sin embargo, se lo agradecerán.

José María Zavala, autor de Así se vence al demonio

            Por abundar un tanto en la recensión y no tan solo en lo nutricio y enjundioso del mensaje que el bueno de José María quiere trasladarnos, cabe destacar, de entre tantos testimonios como aporta, las entrevistas con los exorcistas Gabriel Amorth, Lorenzo Alcina o Salvador Hernández, exorcista este último de la diócesis de Cartagena, incansable luchador de aspecto y carácter casi beatífico, cuyo papel cobra enorme relevancia a lo largo de las páginas del libro. Él es quien participa en buena parte de los exorcismos que se relatan —amén de prologar el libro—, pero en todos ellos vemos una entrega sin vericuetos ni medida, la firme asunción del papel que Dios les ha encomendado y una admirativa e inaudita resolución en su lucha diaria contra el Maligno, solo explicable para nosotros, pobres ilusos, que permanecemos como ajenos, por verse auspiciada por una fe sin límites, por una fe irreductible, por una fe gracias a la cual, sin duda, habrán de merecer el cielo; pues del mismo modo que los ángeles de San Miguel batallaron contra sus hermanos sublevados, también estos sacerdotes batallan sin descanso aquí, en la tierra, poniendo de manifiesto los portentos y milagros que Dios Padre sigue realizando entre nosotros.

            Así que, por el bien de todos, ayúdenles en su tarea. Adquieran y lean ustedes Así se vence al demonio; y, sobre todo, no tengan miedo. Siempre hay solución en Dios.